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2015 08 21 El autocontrol

Hablamos de autocontrol cuando nos referimos a la capacidad de una persona de manejar sus impulsos y emociones dentro de un rango conveniente para los fines de su coexistencia social y, en particular, para su sobrevivencia. El autocontrol es producto del aprendizaje a través de la experiencia personal en la interacción con el entorno desde los momentos más tempranos de la vida.

El autocontrol inicia su desarrollo desde las primeras relaciones con la madre, quien funciona, entre otras cosas, como reguladora de las intensidades de la emoción, en particular en la atenuación de la experiencia del miedo y del estrés derivado de la  vulnerabilidad del bebé.

La efectiva y oportuna regulación de las emociones del bebé influye decisivamente en la forma en que se va desarrollando su cerebro y en la organización de su red de enlaces entre las neuronas, de su trama sináptica cerebral, algo así como el cableado de las conexiones que van organizando los reflejos básicos de sus respuestas frente a las circunstancias de peligro tanto como a las de búsqueda de aquello que le resulta necesario o deseable.


Lo que al principio fue sostenido por la interacción con la madre, pasa luego a ser sostenido por el propio individuo. Se va produciendo un aprendizaje que sedimenta en las estructuras cerebrales correspondientes y el individuo empieza a funcionar sin la ayuda externa (que no deja de ser requerida, pero ya no de manera indispensable). Es, entonces, cuando podemos hablar de autocontrol.

2015 08 18 Para entender al borderline


Con cierta frecuencia escucho decir: “tengo una amiga que es borderline”. A veces porque ellos mismos han hecho el juicio, ya que, al parecer, los diagnósticos clínicos tienden a popularizarse. Igual que la semana pasada, cuando hablábamos de la bipolaridad, con la cual, dicho sea de paso, la personalidad borderline suele confundirse. Cabe, entonces, hacerle un sitiecito en el programa para precisar mejor, en lo posible, de qué se trata este cuadro.

En realidad, es un cuadro de muchos rostros, pero que tiene un común denominador que es la inmensa sensibilidad que presentan ante los acontecimientos de la vida, en particular en relación a la vida en pareja y a la convivencia en general.

Alternan momentos en que funcionan de manera totalmente “normal”, para pasar, de pronto, a manifestar reacciones fuera de lugar, desproporcionadas, a veces totalmente contradictorias con lo que acaban de proponer.

Tienen cambios igualmente radicales en sus puntos de vista u objetivos.

Suelen dejar de llevar adelante sus objetivos por su baja tolerancia a la frustración, pero la forma en que lo expresan es que “ya no les interesa” o simplemente lo miran con desprecio. Esto los muestra como muy inestables y confusos.

Suelen tener mucha dificultad para controlar sus impulsos, por lo que actúan antes de pensar o en contradicción con lo que pudieran haberse propuesto. Esto muchas veces lo llevan al terreno de las relaciones afectivas y aparecen como muy volubles, cambiando de pareja o mostrando una gran inestabilidad con una misma pareja, con la que oscilan entre el anhelo de estar muy juntos (lo que tampoco soportan, porque lo sienten como intrusivo) a la vez que pelear por cualquier motivo que sugiera que el otro ha tomado distancia.

Suelen exagerar el registro de las afrentas, buscando prevalecer desde sus puntos de vista.  Esto las lleva a pelear, a discutir de tal manera que sienten que el otro lo único que busca es darles la contra.

Suelen tener episodios de agresividad intensa y hasta violencia; y, luego, suelen arrepentirse y buscar a la pareja agredida con desesperación, sintiendo el abismo del abandono. Por cierto, luego de prometer no volver a hacerlo, incurren en nuevos episodios. Su carencia afectiva es tal que tienden a aferrarse dramáticamente a la otra persona.  El abandono lo viven como un desgarro doloroso e intolerable, por lo que les es difícil separarse o hacer duelos.

Suelen tener multitud de síntomas, pánico, angustia, fobias, obsesiones, episodios de delirio, depresiones, histrionismo, manipulación, victimización, etc.

Su nivel de confusión incluye su propia identidad; es como si fácilmente se desenfocaran de sí mismos. Con facilidad pueden ingresar en el terreno del “vale todo”, funcionando como bisexuales y, muchas veces, promiscuos. Todo ello se da, en realidad, como producto de sus confusiones.

Constituye un reto muy grande para la familia lidiar con ellos porque suelen ser sumamente hábiles para manipular y movilizar las culpas de los padres, a quienes tratan de hacerles “pagar” los errores reales o fantaseados en que éstos pudieran haber incurrido durante su infancia.


En los últimos años, se ha comprobado que el tratamiento ideal para sus dificultades es la combinación de psicoterapia y psicofármacos.

2015 08 11 Mi pareja es bipolar

Nos interesa presentar un tema que se escucha cada vez con más frecuencia en las conversaciones sociales: “Es bipolar”, se dice, en una suerte de diagnóstico popular, para describir a una persona cuyos estados de ánimo cambiantes suelen ocasionar  un problema a la hora de relacionarse con otros, porque no muestra la estabilidad emocional que se esperaría y, muchas veces, no sabemos cómo manejarnos frente a estas emociones cambiantes.

Como es natural, todos tenemos oscilaciones en el ánimo a lo largo del día o de la semana… Las alegrías y frustraciones son los resultantes de nuestra interacción con los demás y con nosotros mismos. En el caso de la bipolaridad estas oscilaciones del ánimo son mucho más intensas y escapan totalmente a las posibilidades racionales de manejarlas. Se habla de un espectro bipolar en función de los diferentes grados en que estas alteraciones del ánimo pueden expresarse. En un extremo veremos las expresiones de la exaltación eufórica y en el otro la depresión más profunda.

Un punto extremo de la exaltación se conoce como manía.  Se caracteriza por una persona en hiperactividad, fuera de control, con una exacerbación de sus pensamientos y sentimientos, eufórica y muchas veces con un sentimiento de omnipotencia y hasta delirante (dueña de una “verdad”). Puede presentar, también, agresividad y otras alteraciones en el terreno del pensamiento y las demás funciones mentales. 

El otro polo del bipolar, el de la depresión, supone predominantemente un decaimiento físico y mental, con un total retraimiento social y laboral, en medio de sentimientos profundos de dolor y tristeza.

Vale la pena saber que, cuando nuestros seres queridos tienen oscilaciones del ánimo que los hacen (y nos hacen) sufrir, ocasionando problemas en la relación, el trabajo y la vida en general, es indispensable comprender que se trata de una alteración psiquiátrica y psicológica que, más allá de posibles reacciones emocionales y morales que pueden movilizar, requieren una consulta con un especialista, quien será el único autorizado a diagnosticar si se trata de una bipolaridad o si se trata de alguna otra alteración psicológica que se le parece, como, por ejemplo, un trastorno borderline o alguna forma de esquizofrenia.

En lo cotidiano, podemos encontrar contrastes en la expresión afectiva de nuestras parejas debido a razones propias de una sensibilidad excesiva o a formas ambivalentes de expresarse (tipo amor-odio), debido a problemas inconscientes que han generado una personalidad que no deja de estar a la defensiva y que se muestra muchas veces como contradictoria. Suelen ser huellas de problemas de la infancia temprana, huellas de la relación con los padres y las circunstancias que les tocó vivir.

2015/08/07 El miedo a la muerte

La muerte es un hecho ineludible: de todas maneras, alguna vez, nos vamos a morir o van a morir nuestros seres queridos. Es una ley de la vida, con determinantes biológicos que tienen que ver con la preservación de la especie y la evolución de la misma.

La muerte es, sin embargo, uno de los marcadores más intensos de nuestra actitud ante la vida. Nacemos en circunstancias de vida o muerte y si falta quien nos acompañe en estos particulares momentos, (la madre en particular) podemos arrastrar el resto de nuestras vidas un trastorno de angustia que de manera esporádica o permanente nos moviliza el sentimiento de que nos vamos a morir.

Como ejemplo, puedo citar lo que ocurre cuando nos viene una crisis de pánico: la persona siente que en ese mismo instante se va a morir y todo su cuerpo se comporta como tal. Esta angustia de muerte le acelera la respiración, le provoca taquicardia, sudoración, hasta puede orinarse en total descontrol del sostenimiento de sus funciones fisiológicas. Casi siempre esta angustia va de la mano del sentimiento de desamparo; esto se explica, también, porque el bebé, al inicio, si no tiene quién lo proteja está expuesto a que algún depredador lo pueda matar. El marcador más importante que dispara la angustia de muerte son los traumas de los primeros meses de la vida.

Luego, con el ingreso a la vida infantil y luego la adultez, aprendemos los patrones culturales  que nuestro entorno mantiene respecto a la muerte; así, la podemos ver como una tragedia, como algo terrible que moviliza angustia o considerarla como un proceso natural, como parte de la vida. Incluso, podemos ver la muerte como un pasaje a otro nivel espiritual, a otra dimensión de existencia. Visto así, la persona que muere puede habitar “otra vida” en paz o ajena a su propio dolor humano e, incluso, que puede acompañarnos.

En familias que padecen de formas de ansiedad suele ocurrir que la reacción, a veces ante la sola ausencia momentánea de uno de sus miembros, es entendida como que “algo le pasó”, “seguro tuvo un accidente” o “se murió”. Es esa angustia que subyace en el inconsciente, la de las huellas más tempranas de la ausencia o del sufrimiento cuando bebés, la que dispara la primera lectura de lo que pasó, que es casi siempre totalmente irracional y tiene distinta proporción de acuerdo al grado de afectación de la persona.

En algunos casos, se configura una verdadera fobia ante la muerte o todo lo que tenga que ver con ella. Una persona puede no tolerar ni siquiera ver un funeral, ni enterarse de que alguien se ha muerto, sin sentirse afectado. Son casos en los que, además, puede sumarse una pauta obsesiva, por ejemplo, que después de darle la mano al deudo que ha perdido a un pariente, tenga que lavarse compulsivamente para limpiarse de la contaminación mortal… Por cierto, son casos en los que estas personas ineludiblemente tienen que visitar a un especialista, ya que requieren tratamiento, sea con medicamentos o psicoterapia (lo mejor suele ser una combinación de ambos).


Es una gran paradoja el hecho de que las personas afectadas por este sentimiento suelen perderse la oportunidad de vivir plenamente. En realidad, marcados así por el temor, por la angustia generalizada, no viven, más que nada sobreviven, la vida cotidiana también les causa temor, hacer vínculo anticipa siempre el temor a perder a la pareja, lo cual convierte en una tortura entrar en relación afectiva con alguien… a quien luego pueden perder.

2015/08/06 ¿Se puede amar a dos personas a la vez?

Este es un tema en el que confluyen lo biológico, lo personal y lo social. De hecho, es un asunto que, de manera recurrente, aparece en la consulta, las más de las veces en medio de situaciones de conflicto. Es frecuente escuchar comentarios como “Me he enamorado de una chica de la oficina, doctor, pero yo quiero a mi mujer”.  La asociación inmediata es que la presencia de una nueva persona en el panorama emocional o sexual pone en peligro el vínculo con la otra.

Y es que, de alguna manera, es así, especialmente cuando la nueva relación evoluciona hacia un anhelo de compromiso y de intercambio e influencia emocional, que hacen deseable que este vínculo persista indefinidamente. Es entonces cuando, dada nuestra visión social, cultural o moral, tenemos que optar… por separarnos de nuestra pareja o mantener la relación con ambas personas, en las condiciones muchas veces culposas y difíciles en que este triángulo se desarrolla.

También, como lo presentaba hace un tiempo un personaje que se hizo muy mediático, se puede mantener una relación paralela, aceptada por todos los miembros participantes.  Este personaje, por ejemplo, decía convivir con cinco mujeres, tratar a todas con igual afecto y mencionaba que entre ellas no habían mayores conflictos… que se llevaban bien. Por cierto, en algunas culturas, esto es aceptado socialmente.

Para algunas personas, la relación de amantazgo ha sido un refugio de equilibrio a la relación de familia en el que la maternidad o simplemente el desgaste del tiempo ha disminuido el componente del deseo sexual por la pareja, mas no el sentimiento de amor o aprecio personal en el que la estabilidad y la armonía predominan.

Dos formas de amor, en tanto así, pueden coexistir: el amor sexual y el amor familiar; el de la apuesta en el tiempo y el anhelo de compartir el afecto de los hijos y la mutua compañía.
De hecho, he podido escuchar en consulta muchas variables.  Incluso, algunas personas mantienen relaciones sexuales simultáneas con la misma satisfacción e intensidad y otras, también, son capaces de mantener vínculos de amor con ambas parejas, vínculos que perduran en el tiempo, sin sentimiento de oposición.

El tema de la monogamia no parte de un principio biológico humano; no está en nuestro patrón genético, por lo menos, no eso de “hasta que la muerte nos separe”. La monogamia es una decisión; surge de nuestra renuncia a funcionar de manera polígama, aunque la poligamia o poliandría sean un potencial  al que nuestra sociedad nos educa a renunciar. Suele ser que, quien es capaz de optar por la monogamia tiene un mayor grado de diferenciación como para trascender el impulso biológico.  Digamos que esto puede ser un signo de madurez en el entendimiento de una mayor posibilidad de sostener los mandatos sociales de manera equilibrada.

La poligamia, ejercida de manera impulsiva, propia del emergente juvenil, puede corresponder a una etapa de la vida.  Aún así, puede ser también  indicio de una conducta en la que no se regulan los impulsos, de una personalidad con dificultades para controlarse y organizarse de manera equilibrada; es decir, puede ser una conducta más bien promiscua y ajena a las características propias del amor, en donde verdaderamente existe un otro con el que uno se relaciona.

Puede ser expresión, incluso, de una incapacidad para amar a otro, de formar un vínculo de intimidad, más allá de tener relaciones sexuales. Encontramos el caso de los pseudo enamoramientos, en los que lo frecuente es que exista la vehemencia pero nada de profundidad, aunque persistan en el tiempo. Son vacíos que tapan vacíos con el revestimiento de una intensidad que es propia de la necesidad antes que de un verdadero deseo.



2015/07/21 Mis parejas siempre me abandonan

En la vida amorosa es cuando más necesitamos desarrollar nuestra inteligencia emocional. Esto es, saber leer al otro, entenderlo en sus claves emocionales, en sus intereses y dificultades.

Poder mantener una interacción saludable con una pareja no es un tema tan sencillo como el de la pura ilusión de que “como yo amo a la otra persona por encima de todas las cosas, todo va a salir bien” y “la otra persona, por supuesto, va a sentir en automático lo mismo que yo”. Pensar de esta manera lleva a grandes contrastes y desencuentros.  La frustración posterior a un lindo primer encuentro suele tener que ver con que “volamos” demasiado en nuestra expectativa respecto al otro sin darnos cuenta realmente de la disposición de él o ella para lo que nosotros deseamos que siga después.

Pocas veces nos detenemos a pensar en qué fue lo que pasó realmente, en por qué se cortó la relación. Muchas veces consideramos que se debió a que no le gustamos lo suficiente, que somos personas poco atractivas o que ella o él son unos aprovechadores, que  nos utilizaron, que nos engañaron. Esto -si se repite-  puede llegar a generarnos un complejo. También, ocurre a veces que el complejo ya lo tenemos y es la causa de que las cosas no caminen, porque nos esmeramos demasiado en causar buena impresión o nos esforzarnos por llamar la atención.

Es necesario reflexionar sobre nosotros mismos y tener bien equilibrada nuestra autoestima antes de emprender la tarea de una relación formal. Las relaciones a veces no caminan simplemente porque no dan para más. En otras ocasiones, sin embargo, sí tienen que ver con cosas que hacemos y que ahuyentan a las parejas. Pero, también ocurre que el otro tal vez no esté en capacidad de comprometerse y, sin embargo, lo elegimos, aún pudiéndonos dar cuenta de la realidad…

Una situación que observamos con cierta frecuencia puede resultar increíble: uno mismo se encarga de que la situación se rompa, que la pareja se aleje… Es que la cercanía, la intimidad, nos pueden resultar tan angustiantes, por el temor a ser dejados, que precipitamos alguna expresión o detalle para que el otro no vuelva. Algunas veces, un trato ofensivo, una demanda desmesurada, una actitud demasiado inmadura, grosera, etc. pueden llevarnos “inconscientemente” a provocar una reacción adversa.

En muchas personas existe ya un arraigado sentimiento de que esto va a ocurrir, que las van a abandonar; es más, se sienten abandonadas aunque no las estén abandonando en realidad; simplemente leen cualquier mensaje en ese sentido: si la otra persona se demoró, si no las llamó como esperaban, si se fue de viaje por trabajo… Cualquier cosa reafirma su sentimiento preexistente de que serán abandonadas.

En la mayoría de los casos la razón que los predispone a sentir de esta manera y a reeditar situaciones de ruptura o pérdida de la relación tiene que ver con situaciones vividas en la primera infancia, con una suerte de trauma de carencia o abandono afectivo que ha dejado una honda huella, difícil de borrar, que reinstala el vacío y la desesperación ante cualquier evento en el que los afectos sean convocados. Por ello, el enamoramiento y el apego en el presente son vividos como experiencias de extrema fragilidad y esto los lleva a estar más a la defensiva que a una actitud de serena apertura y encuentro con el otro.

De manera similar, las experiencias de fracaso afectivo que se han tenido en la vida pueden predisponer negativamente a una nueva apertura. Sin embargo, es necesario experimentar no solo logros afectivos, ya que los fracasos nos enseñan mucho sobre cómo reorientar nuestro camino hacia el emparejamiento equilibrado. Una buena dosis de tolerancia a la frustración es necesaria y también una suficiente posibilidad de rescatarse indemnes de las idealizaciones propias del enamoramiento inicial.

2015 05 15 Mi hijo adolescente

Un grupo de padres de adolescentes de un conocido colegio, me invitó a dialogar sobre cómo manejarse ante el reto de los cambios propios de esa edad.

Me agradan estas iniciativas: padres que buscan informarse, reflexionar, encontrar respuestas…  Al parecer, se reunían con frecuencia; imagino que en función de las diferentes actividades que tienen que ver con sus hijos y el colegio. Comentaban que suelen ser los mismos de siempre, que una gran mayoría se mantiene a distancia de la convocatoria. Esto me recuerda mi propia experiencia en el grupo de padres que nos reuníamos a propósito de la organización de actividades de nuestros hijos y de sus compañeros de colegio… Parece ser una constante: unos pocos siempre se interesan mientras que una mayoría mantiene distancia o no se involucra. Creo que el país camina de manera parecida.

Bueno, el hecho es que la tendencia general en este grupo es a preocuparse y anticipar los múltiples riesgos a los que se pueden ver expuestos sus hijos. Conversamos acerca de cómo nuestros hijos adolescentes nos muestran en buena medida cuánto logramos, como padres, desarrollar una autoridad basada en el respeto mutuo y el reconocimiento de la coherencia y sinceridad de nuestra conducta.

Tiene que haber una cuota de confianza, de escucha verdadera, y estar en posición de entender las circunstancias y el sentir de nuestros hijos, reconociendo el momento por el que están atravesando, de crecimiento y necesidad de autoafirmación, de poder cometer errores que ellos mismos puedan resolver con o sin nuestra ayuda. Donald Winnicott, pediatra y psicoanalista inglés, señala que el arte estriba, no en estar permanentemente preocupados sino en ocuparse de la resolución de las dificultades.

Estamos comprometidos a sostener los límites, allí donde percibamos que ellos no pueden sostenerlos, pero sin recurrir a la condena o la sanción punitiva sino integrando la reflexión de lo que puede estar pasando con nuestros hijos adolescentes y cómo pueden sentirse. La adolescencia de nuestros hijos nos enfrenta a ejercer nuestra autoridad, no desde el poder de la fuerza sino integrando nuestra madurez sensible, recordando nuestras propias épocas de adolescentes y cómo nos sentíamos.

Saludablemente, se requiere, también, examinar cómo nos sentimos nosotros mismos.  Algunas veces, nos incomoda el que no tengamos sobre ellos la autoridad como cuando eran niños y nos perturba el sentimiento de impotencia ante la dificultad de encontrar respuestas alternativas y creativas, más elásticas, a la vez que coherentes y consistentes.

Es importante que nuestros hijos adolescentes sepan que cuentan con nosotros, que nuestra autoridad y puesta de límites no inhibe el diálogo ni la negociación de acuerdos, de permisos ni de su necesidad de “exploraciones en la vida”; que puedan cometer sus propios errores aprendiendo a enfrentarlos con responsabilidad, buscando respuestas y soluciones por sí mismos pero, a la vez, sabiendo que, si no pueden solos, podrán recurrir a nosotros o a alguna persona de su confianza con la que puedan abrirse.

Un pecado frecuente que cometemos es el de sobre-protegerlos, hacerles la vida demasiado fácil y, a veces, favorecer en ellos una actitud de poca responsabilidad, con todos los derechos y pocas obligaciones.

No perdamos de vista el hecho de que vivimos en una sociedad enferma, llena de autoritarismos pero con una autoridad endeble que tenemos que fortalecer. Se requiere, de parte de las autoridades y de la sociedad en general, un mayor control de los espacios a los que pueden concurrir los adolescentes, espacios que, por ejemplo, no promuevan el expendio y consumo de alcohol y drogas. Esto, sin perder de vista la importancia de nuestro propio ejemplo de comportamiento ético. No podemos esperar que hagan lo que decimos si nosotros hacemos lo contrario, si no somos coherentes y consecuentes con lo que proponemos como norma.

Otro espacio a tener en cuenta es la elección de un colegio para nuestros hijos donde se eduque en la reflexión, en la responsabilidad, en la disciplina, orientándolos hacia la excelencia no forzada, donde se inculquen valores y se reste espacio a la figuración banal y a la propuesta consumista de marcas y posesiones; que el lugar donde estudian nuestros hijos fomente lazos y aperturas afectivas y no promueva diferencias y exclusiones provenientes del dinero, de la raza, de la belleza física, del origen social, etc.

Bueno, mucho hay que revisar sobre este tema y es fundamental examinar el mundo en que vivimos, la forma en que nos estamos relacionando, y darnos cuenta de cómo, desde la crianza del bebé, ya se está fallando en la configuración de sus relaciones afectivas.  La empatía hace agua porque hemos perdido buena parte de la forma natural y saludable de criar a nuestros infantes, dejándonos llevar por una forma de crianza “responsable” que, en realidad, lo que hace es poner el énfasis en el confort o la economía.

Vemos cómo, muchas veces, pensamos que nuestra autoestima depende de lo que tenemos, mostramos o pretendemos ser y no de lo que humanamente somos. Alguna persona, de este grupo con el que me reuní, mencionó la enseñanza recogida desde una novela en  la que se apreciaba el valor de dejar el asidero del poder del dinero para rescatar el valor del sujeto como persona sensible. 


Después de tan ameno encuentro, me sorprendió recibir un regalo. Supongo que algo de gratitud es inherente al gesto y, por cierto, yo también estaba agradecido por el honor de la invitación.

2015/02/20 Divorcio o separación

Resulta alarmante observar la frecuencia con que las parejas quiebran su matrimonio precozmente. Es como si la construcción de la relación no contara con la suficiente madurez y tolerancia, necesarios para remontar las insuficiencias y defectos que suelen aparecer a la hora de convivir. Muchas veces el problema es visto con la filosofía de una economía de descarte “no funciona, entonces, ¡chau!”, como ocurre con la mayoría de los utensilios de nuestra moderna sociedad de consumo.

Es obvio que, como garantía de un matrimonio bien avenido, se parta de una buena elección de pareja, que no haya forzamiento en el compromiso asumido, que se tenga una noción básica de compatibilidad de caracteres, al igual que una sólida autoestima, de manera que cada quien no dependa en exceso del afecto del otro para ser feliz.

Ambos necesitan de una suficiente tolerancia a la frustración y de la capacidad de postergarse a favor del otro, sin llegar a extremos de sometimiento. Es importante también, diría indispensable, no sentir necesidad de dominio o control sobre el otro.

Es frecuente que un punto de quiebre se dé en el momento en que alguno de los dos pretende “tener la última palabra”, perdiéndose toda posibilidad de diálogo y estrangulándose en discusiones sin otra finalidad que prevalecer, que demostrar a toda costa que se “tiene la razón” (que es justamente cuando la razón puede empezar a perderse).

Un problema que se convierte en el inicio del tobogán de la ruptura es cuando se empiezan a perder el respeto; más aún, cuando aparecen reproches o insultos, perdiendo la perspectiva de cuan hondo pueden herir al otro, con  actos o  palabras, especialmente cuando esto no va seguido por algún gesto de reparación o disculpa. Ni qué decir de la violencia, sea ésta física o verbal, del desenfreno de las acciones sin control, lo cual termina por destruir hasta el lazo más consistente.

Cuando el engaño, la mentira, la deslealtad, la infidelidad, el uso oculto de drogas y demás, como el alcohol, se suman a la irresponsabilidad, no hay marcha atrás. La quiebra se da por descontada a corto, mediano o largo plazo.


A veces, la ruptura se asume después de desgastantes intentos de mantenerse a flote, particularmente cuando   hay niños de por medio o cuando tenemos rasgos que nos llevan al aferramiento a como dé lugar. Es en estas circunstancias en las que podemos apreciar separaciones sin divorcio: las parejas siguen juntas sin otra razón que el temor de separarse; el espanto ante el supuesto desamparo o la baja autoestima sirven de colchón a una continuidad estéril sin solución.

2015/02/16 Angustia y pánico


Hace un tiempo circulaba un chiste, entre los varones, que decía que angustia es cuando fallas por primera vez la segunda y pánico cuando fallas por segunda vez la primera.

En realidad, la angustia es un cuadro que ha trascendido los niveles normales del sistema de alerta ante un peligro o algún reto importante que pone en jaque las capacidades del sujeto para resolverlo.  

Angustia es un conjunto de manifestaciones físicas y psicológicas, emociones emparentadas con el miedo y manifestaciones físicas, como taquicardia, sudoración “fría” intensa, sofocos, escalofríos, sensación de falta de aire, aceleración intestinal, tensión muscular, a las que se agregan falta de sueño o dificultad para dormir, ideas fijas, temor a fracasar… y un largo etcétera.

El pánico comparte  las características anteriores pero en un nivel de intensidad mayor, al punto de perder el control de la emoción y no poder conectarse con otra cosa que no sea esa intensa angustia que inunda todo.

El pánico implica una sensación de impotencia y desorganización a la que acompaña una sensación de muerte inminente, casi siempre ligada al síntoma de taquicardia y de asfixia, a las que suele sumarse un dolor en el pecho, que en medicina se denomina “angor pectoris”. 

El episodio de pánico suele ser agudo, aparece en circunstancias sin mayor relación con estas emociones y, a veces, es una reacción absolutamente desproporcionada que explota ante un estímulo que usualmente no ha sido perturbador, por ejemplo, un problema en el ascensor o ir caminando por una calle oscura.

Ambos, la angustia y el pánico, pueden aparecer como un episodio único, y no volver a aparecer.  Pero, en tanto es un signo importante de un desequilibrio en la persona, más vale recurrir a un profesional para indagar sobre sus causas.

A propósito de las causas, cabe saber que cada individuo, a lo largo de su historia, va pasando por momentos y experiencias que dejan huella en el inconsciente.  Algunas veces esas huellas han tenido el carácter de traumático y, cuando surgen la angustia o el pánico, es una buena oportunidad para intentar resolverlo.

2015/02/16 Patología Bipolar


Antiguamente se solía usar el diagnóstico de “maníaco depresivo” para nombrar una alteración caracterizada por oscilaciones intensas y profundas del ánimo.  Este diagnóstico ha devenido en “trastorno bipolar”, complejizándose en variables y matices que los manuales de diagnóstico reformulan con frecuencia. 

Éste es el más severo de los trastornos del afecto y, en origen, tiene una relación muy directa con la predisposición genética.  Existen familias en las que la incidencia de este mal puede alcanzar a un amplio espectro de sus miembros.

En los polos de esta bipolaridad encontramos, en un extremo, a una persona con exagerada exaltación del ánimo, hiperactiva, con sentimientos desbordantes de grandiosidad, que pueden expresarse como un delirio místico.  En ese estado pueden mostrarse tercamente vehementes, dominantes, sin conciencia de límites: la omnipotencia no se los permite ver.  Por ello, pueden tener conductas sumamente arriesgadas, insólitas y totalmente fuera del sentido común.  En oportunidades, pueden tornarse agresivos, particularmente si se les contradice, y pueden emprender riesgosas “misiones”, abandonando casa, trabajo, familia, etc. En otros casos, se pueden mostrar excesivamente “generosos”, regalando bienes propios o ajenos. 

En el otro polo, encontramos a personas profundamente deprimidas, al punto de carecer de la energía mínima vital para emprender no sólo las tareas cotidianas sino hasta para levantarse de la cama.  Todas sus funciones se enlentecen, su ánimo es gris, pesimista.  Suelen expresar un dolor profundo, que llega a ser físico.  No es infrecuente que en estas circunstancias sus pensamientos se pueblen de deseos de morir e ideas de suicidio que, dada la falta de fuerzas, no llevan a cabo.  Respecto a lo anterior, cabe advertir que una paradoja es que al ir mejorando del estado depresivo es posible que materialicen tales ideas de suicidio.

Se ha podido observar que hay personas que combinan en distintos grados la depresión y la manía. Los dos polos suelen presentarse por períodos alternados.   En otros casos, sólo se presenta uno de los dos polos extremos que hemos descrito.

En ambos casos, es indispensable iniciar un tratamiento radical que, en la mayoría de las veces, puede requerir de un internamiento, dado el riesgo de muerte implicado. 

Felizmente, al presente, el trastorno bipolar es controlable con el uso de psicofármacos y viene bien algún apoyo terapéutico que contribuya a sostener la regulación emocional que suele contaminar la estructura de la personalidad.

Hay, también, estados intermedios, como en el caso de la hipomanía.  Esta es una exaltación del ánimo sin la severidad del trastorno anterior. 

2015/02/16 Trastorno Borderline

En los últimos años, se escucha con bastante frecuencia de personas diagnosticadas como “borderline” y vale la pena precisar lo mejor posible de qué se trata esta patología.

Para empezar, no hay un solo tipo de “borderline”, como no hay un único tipo de ansiedad, depresión o cualquier otro tipo de patología.

Cuando hablamos de la patología “borderline” nos referimos a una alteración de la personalidad que se manifiesta por compartir rasgos de comportamiento totalmente normales con momentos de alteración que, en algunos casos, llegan a una suerte de locura transitoria, la cual, con alguna ayuda, puede rescatarse hacia un funcionamiento normal.

A la par que estas alternancias en su funcionamiento, los “borderline” suelen tener momentos de confusión y, debido a ello, a veces grandes contradicciones en relación a sí mismos o al mundo, lo cual los hace ser percibidos como ambiguos o desconcertantes.

Sus emociones suelen ser volátiles e intensas a la vez, pudiendo cambiar de una expresión amical hacia una posición totalmente opuesta y hostil simplemente por un pequeño malentendido, muchas veces producto de su propia confusión.

Suele ser muy difícil ser pareja de una persona “borderline” o tener un hijo o hija con esta patología, particularmente si uno se enreda en las emociones desbordadas o si se desespera ante su frecuente ruptura de los límites.  La verdad es que es realmente difícil la convivencia. 


Esta patología requiere de mucha paciencia y, en la mayoría de los casos (si no en todos), es indispensable la ayuda profesional.  Les viene bien una psicoterapia y, mejor aún, si paralelamente toman algún medicamento que contribuya a su regulación emocional y a su control de impulsos.

2015/02/16 El estrés


Si bien hablamos corrientemente de estrés, es posible que no conozcamos a cabalidad su significado, sus implicancias y lo indispensable que es aprender a manejarlo.

El estrés implica un estado de tensión general (física, emocional y mental) frente a un problema cualquiera (puede ser desde algo insignificante hasta un gran peligro) que la persona tiene que enfrentar y/o resolver. 

En tanto así, hay un nivel normal del estrés que nos sirve para la vida, ya que nos permite, como decía mi abuelita, “usar los cinco sentidos” y resolver la situación.   La resultante natural del uso efectivo de nuestra capacidad de resolver problemas es la confianza en uno mismo y una razonable estima personal.

Cuando la situación de estrés se prolonga demasiado se producen una serie de consecuencias, comenzando por la fatiga, dificultades de concentración, fallas en la memoria, irritabilidad, pérdida de control de impulsos, ingesta compulsiva de drogas, alcohol o alimentos, hasta un punto en que el sujeto puede llegar al colapso total, que suele llamarse “surmenage” o “burnout”.   Una consecuencia más lamentable aún es que aparecen problemas físicos, como infartos, hipertensión, gastritis severas y, por ahí, también, accidentes cerebro vasculares (derrame cerebral).

Cuando el estrés es intenso y violento podemos tener como consecuencia lo que se llama estrés post traumático, resultado de la quiebra de los recursos naturales de protección emocional, con el correlato de una total impotencia de la persona para resolver la situación.  Un ejemplo de esto puede ser lo que ocurre en las guerras, con los combatientes o las víctimas, a quienes les cuesta recomponerse, quedándose “pegados” a las emociones que les tocó vivir, las que resurgen incontrolables, casi como una alucinación.  Les resulta muy difícil reconectarse con el mundo, con la vida, presentando distintos niveles de alteración en casi todas sus funciones mentales.

Esta condición la encontraremos, también, en personas que han sufrido abuso, maltrato o abandono en la primera infancia.  Sin embargo, esto, que podría aparecer como menos espectacular, es más insidioso y compromete la estructura misma de la personalidad, alterando la comunicación, el vínculo, el compromiso y la capacidad de regular las emociones.

Un viejo dicho señala que “es bueno culantro pero no tanto” y esto se aplica para el estrés.  Es bueno siempre que lo podamos manejar.  Los problemas empiezan cuando el estrés es el que nos maneja a nosotros.  Si ya nos hemos acostumbrado tanto a su presencia que ni prestamos atención a los avisos de sus efectos nocivos, seguramente será un doctor de medicina, cardiología, neurología quien nos diga “necesita revisar cómo está viviendo o trabajando”.  Es, entonces, que lo oportuno es recurrir a la ayuda de un psicoterapeuta y/o de un psiquiatra para poder regular el manejo del estrés logrando llevar una vida más feliz.

2015/02/13 La esquizofrenia

Podríamos hablar más bien de “las esquizofrenias” porque éstas tienen diferentes expresiones y grados de compromiso del funcionamiento mental.  El comienzo de la enfermedad suele ser relativamente precoz, generalmente debuta en la adolescencia, confundiéndose algunas veces con las conductas propias de esa etapa.

En los inicios, suele haber retraimiento, un “apagamiento” de las emociones, conductas e ideas extrañas, muchas veces religiosas, y orientaciones hacia temáticas a menudo incongruentes, sostenidas con convicción, lo que ya le confiere una tonalidad obsesiva, reiterativa y, a veces, delirante.   

Cuando se instala ya como enfermedad, pueden aparecer alucinaciones auditivas, sentimientos de persecución, a veces sutiles, como que la gente los observa, los mira o habla de ellos. Esto suele acompañarse de ideaciones, como que las personas los envidian, les quieren hacer algún daño, ejercer su influencia sobre ellos, etc.

A partir de esto se va instalando un paulatino rompimiento con la realidad, manejándose frente al mundo sobre la base de estas ideas y sentimientos.  Es decir, se retraen sobre sí mismos. 

En el extremo del rompimiento con la realidad está también el de la ruptura de los lazos familiares, sintiendo a los familiares como amenazantes.  Esto, sumado a una respuesta poco comprensiva de los familiares, deriva en que los veamos deambulando por las calles, carreteras, viviendo en covachas, de manera precaria, acompañados o torturados por sus delirios.

Lo más importante en relación a la esquizofrenia es considerar que el diagnóstico mientras más precoz sea mejor pronóstico tiene, por supuesto, si es que es seguido por la instauración de un tratamiento de por vida.  Este tratamiento permitirá el control y atenuará el deterioro que suele darse en estas enfermedades.

La esquizofrenia suele tener como antecedentes a familiares que también la han padecido. Es decir, existe una predisposición genética.  A esta predisposición suele sumarse un entorno familiar disfuncional.  Alguna vez se consideró que estos pacientes tendrían una madre “esquizofrenógena” (una madre que da mensajes contradictorios, confusos y con sentimientos encontrados respecto a su hijo o hija).

Actualmente, se ha avanzado mucho en la elaboración de medicamentos para controlar esta enfermedad, lo que hace que el pronóstico sea muchísimo más alentador que hace 20 años.


2015/02/13 La histeria

Suele ser que cuando una persona se comporta de manera tal que de pronto se altera, grita, se muestra sensible, reclama, chilla, patalea, llora, quien la acompaña o asiste le dice “te has puesto histérico/a”.

Esta emotividad tiene mucho que ver con una sensibilidad proclive a llamar la atención de las personas con quienes se relacionan y de quienes esperan manifestaciones de afecto, aprecio y cariño.

En grados menores o incluso “normales” puede ser que las personas histéricas siempre se las ingenien para acaparar la atención con formas que van desde mostrarse locuaces, sumamente atentas, seductoras, hasta formas más bien llamativas en el vestir, en el actuar, en el bailar, que hacen poco menos que imposible no fijarse en ellas.

Un comportamiento histérico, entre otras razones de fondo, esconde algún tipo de conflicto infantil que no le facilita a la persona el sostenimiento de una pauta sexual madura o una relación estable.

Muchas veces hay una sexualidad teñida de expectativas infantiles, por lo cual se afectan con mucha facilidad si es que no reciben atenciones que, a veces, nos pueden parecer absurdas y que no logramos atender.  Dado que es tan corriente este impase en la comprensión, a veces llegamos a pensar que ciertamente son incomprensibles.

Detrás de una manifestación histérica hay grados de organización de la persona.  Algunas, pueden tener un comportamiento predominantemente infantil, con poco espacio para un comportamiento adulto; en otras puede haber un comportamiento predominantemente adulto con algún rasgo infantil que perturba medianamente el desarrollo de una intimidad.

Suele ser que se relaciona a la histeria con problemas sexuales y es probable que esto fuera absolutamente cierto a comienzos del siglo pasado.  Lo que observamos al presente es que predominan los casos en los que la demanda de fondo es la del reconocimiento, el cual la persona no logra encontrar por sí misma.  Suele ser que en la infancia este reconocimiento no se dio de manera saludable por parte de los padres.

Este tipo de problemas alrededor de la histeria y en general de estas sensibilidades que adoptan estos ropajes dramáticos son los que más se favorecen cuando estas personas buscan ayuda psicoterapéutica. 

Comprenderse, resolver situaciones del pasado, suele ser más accesible en tanto conservan mucho de salud potencial, que generalmente ha permitido que en otras áreas de la vida hayan logrado éxito y un mayor equilibrio adaptativo.

2015/02/11 La necesidad de controlarlo todo


Desglosando el enunciado, detengámonos en el sentido de la “necesidad”.  La necesidad puede tener, como es de suponer, variables, desde una necesidad leve, cotidiana, natural , hasta una necesidad intensa, acuciante y perentoria. 

Toda necesidad requiere de un trámite para resolverla y esto requiere, a su vez, de un cierto control y regulación.  La tolerancia respecto de la necesidad nos permite postergar su satisfacción.  En tanto así, si la vivencia de la necesidad no es sentida en grado sumo  el control de la misma no aparece tan indispensable.  Hay una regulación natural que no requiere mayor esfuerzo.  Este suele ser el caso de una persona que ha logrado desarrollar en la vida un sentimiento de confianza básica y que no vive la necesidad como una amenaza.

Las personas que, frente a sus necesidades humanas, movilizan un gran despliegue de control, a veces hasta por el mínimo detalle, desde la limpieza, el orden, el dinero y, más aún, en las relaciones con los demás, actúan así porque la vivencia de la necesidad moviliza en ellos alguna experiencia, generalmente de la infancia, en la que se han sentido incapaces e impotentes para resolver una necesidad, que en ese momento les resultaba imprescindible.  

Quizás un tema frecuente, adicional, a comentar, es que su necesidad de control no les deja mucho margen para la libertad y el juego en las relaciones afectivas.  Es posible que, si algo se sale del marco o visión que tienen de las cosas, reaccionen con intensos sentimientos de rabia, cólera, frustración, oscilando entre no sentirse queridos o condenando drásticamente a quien ha faltado a la norma, escapando de su control.

Es posible observar que, en las condiciones vinculares en las que predomina  el control hay dificultades para amar.  Para estas personas, sumamente controladoras, la persona “amada” se convierte en indispensable y ellos se sienten siempre en riesgo de ser abandonados, por lo que el control está teñido de necesidades de posesión y de dominio,  cuando no de una posición demandante y sometida.

La otra cara de la moneda, pero que tiene el mismo trasfondo, es cuando las personas se sienten indispensables, responsables de todo lo que le pase al resto.  Son personas que “sin quererlo” generan tremendas dependencias hacia ellas, no permitiendo que las personas de su entorno crezcan y, menos aún, que se independicen.

Si se trata de entender por qué llegamos a portarnos así, la respuesta es que algún fallo en nuestros primeros tres años de desarrollo nos ha predispuesto a vivir “a la defensiva”.  En otras palabras, de esas fallas tempranas en nuestra primera infancia salimos adelante en realidad como “sobrevivientes”.  Es por eso que las personas que controlan mucho tienen dificultad para disfrutar de la vida. 


2015/02/11 La psicopatía


Casi desde sus orígenes, el cine y la televisión nos han reiterado la temática relacionada con el comportamiento gangsteril, criminal, en medio del cual aparecen personajes peculiares, con un perfil definido: están a trasmano de las normas sociales, su interés y codicia se nutren en las riberas de lo ilícito.  No tienen miedo a la muerte; se las ingenian para evadir el castigo, suelen corromper las estructuras más sólidas.  Por alguna razón, casi siempre termina siendo atractivo, para el espectador, ver estas películas (recordemos el éxito de “El Padrino”).

La psicopatía corresponde a una pauta de comportamiento que fundamentalmente ignora el sentir de los demás a favor de los propios intereses.  No importa el dolor o daño que pueda causar.  El psicópata recurre al engaño, a la seducción tramposa, al soborno, al chantaje… a ese amplio espectro que conocemos como corrupción.  Trata de satisfacer su insaciable codicia. Tiene un comportamiento hedonista, es decir, todo lo que es placentero y conveniente para sí mismo le importa por encima de cualquier otra consideración moral, ética o religiosa.

Lamentablemente, una de sus pautas tiene que ver con haber desarrollado un talento seductor y convincente, que se aprovecha de la ingenuidad bien intencionada. Suelen ser personas inteligentes o que dedican su inteligencia a desarrollar esquemas y formas de obtener poder sobre los demás, sin respetar ni los lazos familiares. 

Se puede observar un patrón genético en el origen de estas conductas pero también importa el entorno en el que han desarrollado; un entorno casi siempre disfuncional o al margen de la ley.

El psicópata no aprende de la experiencia de castigo; no deriva hacia actos reparativos en tanto no se arrepiente. Y, si algo aprende, será para mejorar sus formas o técnicas para “salirse con la suya”.

En tanto no tiene conciencia de su disfuncionalidad, no es alguien que solicite ni acepte ayuda terapéutica.  Generalmente la estructura social responde encarcelándolo, cuando le es posible, ya que no encuentra otra forma de protegerse de él.

Tengan presente que si una persona con este tipo de comportamiento visible nos muestra arrepentimiento y pide perdón, lo único que está buscando es engañarnos una vez más. Sólo un 25% de personas con algunas conductas psicopáticas se "aproximan" a la posibilidad de una ayuda terapéutica; el resto nos puede llegar a decir descarnadamente que no tienen nada que cambiar, que todo está bien con sus personas. 

Importa diferenciar psicopatía de conducta psicopática.  En una sociedad donde predomina la corrupción, la anomia y los valores colapsan, es posible llegar a pensar en una suerte de conducta psicopática generalizada, donde nadie respeta al otro y predominan los intereses personales.  Generalmente por esta vía sólo se llega al deterioro y a la destrucción del colectivo social.

La conducta psicopática es susceptible de mejorar y quienes están involucrados en este comportamiento pueden llegar a tener conciencia de la necesidad de reorganizar las pautas a favor del bien común.  Es ahí donde alguna terapia social, eventualmente personal, tiene cabida.

Un ejemplo simple de esta quiebra hacia la conducta psicopática la observamos desde la excesiva permisividad de muchos padres de hijos adolescentes, respecto al consumo de alcohol u otras drogas, bajo cuyos efectos está más que comprobado que se pueden producir las más variadas rupturas del orden y falta de respeto por el otro. En ocasiones, esto llega a configurar una oposición a las normas que los colegios intentan sostener, como es necesario y pertinente en el caso de los adolescentes.

Muchas conductas psicopáticas se justifican diciendo "todo el mundo lo hace", cuando se rompen las normas indispensables destinadas a salvaguardar el bienestar común.  Se trata, entonces, de cambiar el sentido de aquel “todo el mundo lo hace”, comprometiéndonos todos a respetar las normas, entendiendo su sentido.

2015/02/11 Las fobias


La palabra fobia viene del griego "fobos", que quiere decir “pánico”.  Descrita de forma genérica, una fobia es una reacción intensa, extrema, de miedo (pánico) frente a una situación o cosa a la que se adscribe irracionalmente un significado peligroso.

Existen múltiples expresiones de fobias pero las más corrientes se relacionan con situaciones que podrían generar algún temor.  La diferencia está en que la persona que padece de este trastorno las vive en forma extrema y con pánico.

Quizás una de las fobias más frecuentes es la del ascensor o al avión, a los espacios muy abiertos o cerrados, a algunos animales, como las ratas, las serpientes, a insectos, con un largo etcétera.

Hay, también, comportamientos fóbicos.  Se trata de personas que no toleran la cercanía personal o el compromiso y están siempre evadiéndose, en grados variables.  En el extremo de esto encontramos la llamada "fobia social” y/o “pánico escénico” (miedo extremo a estar frente al público).

Detrás de una fobia suele haber una historia en la que una situación generó en el individuo una sensación de impotencia e incapacidad de enfrentarla. Casi siempre, en el origen, se trata de un niño o niña expuestos a una situación de desamparo peligroso.  

Si bien mucha gente se acostumbra y sobrelleva sus fobias, el no resolver sus causas puede conllevar a que, con el tiempo, crezcan al punto de limitar la vida de una persona. 

Otra consecuencia importante de no atender estos problemas es que, por ejemplo, las madres enseñen o induzcan en sus hijos, mediante sus propios comportamientos, una serie de fobias.

A lo largo de los años y de ensayos terapéuticos, se ha visto que la mejor conducta a seguir en el tratamiento de una fobia es la combinación de recursos, entre los que se puede integrar de manera efectiva fármacos, terapia cognitivo-conductual y/o psicoterapia psicoanalítica.

2015/02/11 Obsesiones y algo más


No hace mucho, un paciente me hacía el siguiente relato: “Doctor, me lavo las manos veinte veces al día; no pueden ser menos de veinte. No se  imagina la cantidad de jabones que gasto.  Tengo la sensación de que todas las cosas están infectadas y que si toco algo me voy a contagiar. No puedo subir a los micros ni  ómnibus porque pienso en los pasamanos y bordes de los asientos de los que tendría que sujetarme. Hay algo peor aún: a veces, no puedo ni ver un cuchillo porque pienso que se lo voy a clavar a alguien…  En la noche, tengo que revisar no menos  de  siete veces si he cerrado el balón de gas, todas las puertas, etc.”

Una película muy elocuente de lo que es un trastorno obsesivo-compulsivo es la que protagoniza Jack Nicholson, “Mejor imposible”.  Claro que su trama muestra un lado alentador en el sentido que tiene un final resolutivo.  El amor lo ayuda a superar trabas y temores y conquista a su pareja.

En el trastorno obsesivo compulsivo confluyen una serie de motivos, entre los que resalta la angustia y el riesgo de quiebre personal.  Se dan alteraciones del pensamiento (ideas fijas, reiteradas del comportamiento).  Por ejemplo, en la citada película, el protagonista no puede pisar las líneas de la vereda ni tocar los cubiertos que han sido manipulados por otra persona.

Algunas personas, a la hora de relacionarse emocionalmente, más que amar se obsesionan.  Su vida puede convertirse en un tormento de ideas, temores, fantasías, que derivan en la necesidad de control de su objeto de amor.

En un grado de menor intensidad y dramatismo emocional, encontramos personalidades que han desarrollado tal control de sus afectos y emociones que lucen fundamentalmente como “cerebrales”, por ejemplo, el personaje Mr. Spock, de “La Guerra de las Galaxias”.  Ellos llegan a pensar los afectos más que a sentirlos, lo que suele generar tensión en sus parejas.

Cuando las obsesiones son muy intensas y frecuentes, más aún cuando ya forman parte de nuestra personalidad, conviene revisarlas con un profesional, dado que pueden evolucionar e incrementarse, llegando a perturbar seriamente la vida de quienes lo padecen.

2015/02/10 Sobre fibriomialgia


Es impresionante la cantidad de consultas que en los últimos tiempos derivan en este diagnóstico.  Se trata de un dolor inespecífico que aqueja al paciente sin ninguna causa física aparente.  Pueden doler los brazos, piernas, muslos, etc. y no hay una razón aparente para ello.

Los medicamentos que suelen usarse para controlarla, si bien apuntan a una atenuación del dolor, tienen también un importante efecto ansiolítico (bajan la ansiedad).

Sin entrar en explicaciones específicas de la fibriomialgia, quisiera referirme a ella como un ejemplo de lo que conocemos “trastornos psicosomáticos”.  Es decir, dolores, malestares físicos de cualquier orden cuyo origen es más bien emocional.

Desde hace ya mucho tiempo se ha podido verificar que una amplia gama de trastornos a todo nivel del organismo provienen de dificultades emocionales: carencias afectivas, tristeza, angustia, impotencia, rabia que no logra expresarse, búsqueda de ternura que no logra manifestarse sino a través del síntoma, necesidad de castigo, culpas inconscientes, erotismo masoquista, etc., etc., etc.

No siempre logramos comprender el lenguaje del cuerpo pero bien haríamos en esforzarnos en ello y considerar la siguiente pregunta: ¿qué me está diciendo el cuerpo?, ¿qué me dice este síntoma? Y, es que lo que no podemos expresar desde la conciencia va a derivar en la organización de ese síntoma físico.  El principio que subyace a esto es la necesidad de recobrar el natural equilibrio, la armonía, lo que en biología llamamos “homeostasis”.

Enfermar, en tanto así, es paradójicamente un llamado a la salud, un requerimiento de atender algo que está fallando y muchas veces no es el órgano en sí tanto como las cargas emocionales que se están depositando en éste.

Como ejemplo simple tenemos el que si una persona se resfría con mucha frecuencia es probable que sea a causa de sus defensas bajas y esa baja en las defensas, a su vez, es producto de una depresión o tensiones demasiado prolongadas.

Como corolario, es también importante hacer una visita al psicoterapeuta, en particular cuando tenemos estas enfermedades “inexplicables” o recaemos con frecuencia en cualquier tipo de trastornos (digestivos, intestinales, menstruales, ginecológicos, etc.). 

2015/02/09 Teodolinda


Esta mañana, mi empleada Teodolinda, quien trabaja en casa desde hace más o menos 12 años, me contó llorosa que su marido se había ido de la casa llevándose sus cosas.  Además, al parecer de manera muy despectiva, le dijo que se iba con una chica más joven.

Con su bebé en brazos (su segunda hija en dos años de emparejamiento informal), ella resumía su impotencia en la frase “¡Ahora que voy a hacer”!  

Me sobrecogió.  Pensé que podía quedarse en casa a vivir, pero también recordé lo terca que había sido en buscar un cuartito donde tener “sus cosas”, su propia casa, un hogar, sus hijos… ¡Qué pena verla fracasar... y tan pronto!

Camino al consultorio, recordé que a mi empleada anterior le había ocurrido casi exactamente lo mismo, sólo que, en el caso de ella, el hombre reapareció muchos años después para, en el primer reencuentro, hacerle un tercer hijo.  El padrinazgo en el que derivó mi relación con ella nada pudo hacer sobre los hechos consumados aunque, en los momentos en que se pudo, le aconsejamos sobre formas de cuidarse, detalles en que también la instruyó su ginecólogo.

En el caso de Teodolinda, el marido se oponía a que ella tomara dichas precauciones, protestando por las libertades que supuestamente buscaba obtener.   “¡Con quién te estarás metiendo!”, le decía.  Por supuesto, su primera reacción al recibir la noticia del embarazo fue sospechar de su paternidad.

Me venía preguntando, entonces: ¿qué pasa con los varones de nuestra sierra?, ¿cómo es posible tanta insensibilidad, tanta agresión para con sus mujeres... para con sus hijos?  Pero inmediatamente me di cuenta de que esto no es sólo una actitud de nuestros compatriotas serranos.  Es algo que  podemos observar en general en hombres de todas las regiones y de todos los niveles sociales de nuestro país. ¿Es sólo una manera irresponsable de evitar el compromiso que significa la paternidad? ¿Es sólo un descuido negligente el que los lleva a tener hijos y abandonarlos?

Creemos que algo más está en juego.  La mujer, al convertirse en madre, normalmente y de manera natural, se resiste a renunciar a las tareas exigentes propias de la maternidad.  Es posible que, durante un período, tome cierta distancia de su rol como pareja para dedicarle más tiempo a la criatura.  En esto, además, influyen otros factores de la vida actual, como el tener que trabajar a la par que atender a su criatura, en agotadora jornada, para poder compensar las limitaciones usuales del varón para sostener el hogar.

Es posible que en el hombre se dé una reacción de rechazo a su descendencia por sentirse desplazado del lugar privilegiado que hasta entonces mantenía.  Por otro lado, puede sentir como una afrenta poco tolerable el no poder mantener las así llamadas “cargas de familia”, sin sacrificar sus privilegios de fin de semana.  Las reacciones que se observan en el hombre denotan una suerte de prolongada adolescencia irresponsable, favorecida por el entorno social que lo tolera y no lo condena. 

Por otra parte, una resignación penosa  lleva a la mujer a reincidir en relaciones de maltrato, como si no pudiera aspirar a otra cosa, humillada ante su pareja como un mandato social sin alternativas.  ¡Qué penoso observar la desvalorización del rol de la mujer, de la madre, de los hijos en nuestra estructura social!   Es como si todos los esfuerzos por legislar y protegerlos terminaran en soluciones timoratas, sanciones sin modificación de la partitura esencial.

2015/02/09 Violación y reincidencia


El problema de los abusos y las violaciones sexuales es mucho más complejo de lo que parece a primera vista. Las víctimas (a las que con frecuencia escuchamos en nuestros consultorios muchos años después de ocurrido el suceso) quedan seriamente dañadas en su psiquismo, con consecuencias que perturban su autoestima, su identidad y el trato en intimidad con sus semejantes.

Uno de los problemas más graves en relación a los violadores es la altísima tendencia a la reincidencia. Sabemos que el nivel de reincidencia  de quienes han cumplido una pena carcelaria es superior al 75 por ciento. 

Contra lo que solemos pensar, el violador no es una persona que uno detecte a primera vista como “sospechoso”. Se camufla perfectamente en la normalidad de su comportamiento y en la adecuación inteligente a las normas, hasta que detecta a su víctima, con quien no solamente satisface una necesidad sexual sino que experimenta el placer especial que le proporciona el sentimiento de dominio total, de poder, de sometimiento y humillación, pudiendo llegar a distintos grados de violencia, que incluyen la muerte de la víctima.

Sabemos que muy pocas violaciones son denunciadas. Uno puede imaginar la consecuencia traumática de esta experiencia, pero hay que haber escuchado y conocido de cerca a una persona violada para tener una idea del daño que esto origina.

El abuso sexual suele ser perpetrado por un familiar o conocido. En este caso, la reserva, el secreto y la culpa son más difíciles de remontar.  Muchas veces, la víctima continúa temerosa y angustiada sin hablar del tema y esperando que en cualquier momento se repita el abuso.  En el caso contrario, en que haya habido una sanción penal, se teme la venganza del delincuente por haberlo denunciado. 

No es necesario que se dé la penetración forzada para hablar de un abuso sexual.  El abuso toma diferentes formas, como la seducción y los tocamientos. Las huellas, en estos casos, especialmente cuando el abusador es alguien cercano, suelen ser igual o más traumáticas que en el caso de una violación por parte de un extraño.

El paso por nuestras cárceles tampoco es suficiente para solucionar la situación. El problema central estriba en que en nuestras cárceles no se da una rehabilitación psicológica de estos abusadores.  Y, estamos convencidos de que las penas o castigos de nada servirán si no van acompañados de una verdadera rehabilitación psicológica.  Fuera de la prisión, los intentos de una  rehabilitación psicológica también son escasos (menos del 30% acepta seguir una psicoterapia).   

Mientras tanto, en países con mayores recursos económicos, como EEUU, se opta por hacer un seguimiento social a los abusadores. La “Ley Megan” obliga a publicar en internet  los datos de quienes han cumplido condena por violación.  El dilema se da entre proteger la intimidad y privacidad de los ex convictos frente al derecho  que tiene la población de conocerlos y estar alertas frente a posibles violaciones de sus niños o familiares.