lunes

2014/12/02 La ingratitud de los hijos

He escuchado con frecuencia a distintos padres quejarse de lo ingratos que pueden ser sus hijos. En algunos, el reclamo tenía que ver con que habían tomado distancia, de manera que no sabían nada de ellos, que no se comunicaban, que los habían abandonado. En otros casos, la sensación tenía que ver con claros maltratos por parte de los hijos, faltas de respeto o ausencias en momentos de necesidad de ayuda, por ejemplo, en una intervención quirúrgica o en momentos de decaimiento depresivo, fines de semana de soledad, etc.

Debo aclarar que soy de los que valora de manera especial el sentido de la gratitud. Soy sensible a la falta de resonancia con el gesto generoso, no tanto en el sentido de una devolución del “favor” como de la identificación con el gesto mismo.

Es un tema complejo el comprender el por qué de la ingratitud. Para empezar, creo que tenemos que considerar que quien siente al otro como ingrato, es que esperaba alguna forma de “devolución”, que le frustra no recibir. Si es así, tenemos que considerar que nuestro acto de dar no ha sido “gratuito”, que esperábamos que a cambio de nuestro gesto el otro responda con un sentimiento de cierta obligación o deuda.

Nos olvidamos con frecuencia que la capacidad de sentir gratitud es un don que se cultiva desde el almácigo más temprano de la vida, en el encuentro del bebé con la madre. Nacemos con este don, pero si no hay un entorno propicio para su desarrollo, se puede ir perdiendo o pasar a un estado de latencia a la espera de tiempos mejores.

La gratitud tiene que ver con el reconocimiento de nuestra condición humana, carente y dependiente, pero que, reconocida y debidamente asistida no nos vulnera con un recibir ayuda que nos pase la cuenta. La gratitud se gesta en el registro de una grata entrega, con total desprendimiento, pero, especialmente sin condiciones. La gratitud se consolida cuando hay gratuidad, cuando quien nos atiende se complace en hacerlo, cuando nuestra satisfacción suma al gesto desprendido que nos beneficia.

Es algo que se genera por identificación, más que por reconocimiento de una deuda, aunque, quienes tienen ya instalada esta base en sí mismos se sienten gratamente  enriquecidos por el endeudamiento con quienes han tenido atenciones para con ellos o, incluso con terceros.

Quien es agradecido en general es, además, generoso. Aunque hay por cierto lugar para las variables en más o en menos. En algunos casos oscilante y en otras circunscrito o limitado.

Sin embargo, en muchos casos, es posible entender la gratitud/ingratitud de los hijos de otra manera. Si hemos dado atenciones a nuestros hijos con total desprendimiento, la satisfacción queda realizada en el acto mismo de la entrega. Si es así, lo más probable es que el agradecimiento se traduzca en una realización o una plenitud en sus vidas que, alguna vez encontrará expresiones de reconocimiento a quienes contribuyeron a este logro. Muchas veces los hijos necesitan por un tiempo sentir que son dueños de sus logros, hasta que, más relajados en su necesidad de autoafirmación pueden tener el gesto de reconocimiento.  Muchas veces esto ocurre cuando ellos mismos se hacen padres. Pero, en general, llevan en su esencia el gesto generoso y, quizás no es ajeno ni amenazante a su autonomía hacer un lugar para la gratitud con los padres. Los padres verdaderamente desprendidos saben apreciar el fruto de su siembra con paciencia y tolerancia.

Cuando el cuidar de nuestros hijos es fruto de la pura responsabilidad, cuando no surge del gesto generoso y espontáneo sino e la preocupación, es posible que el hijo no sienta que lo recibido salió del corazón.  Es más, puede arrastrar el sentimiento de haber causado un sacrificio penoso que los padres se impusieron con rigor o culpa. Entonces, quizás deriven a un sentimiento de deuda o quizás a un dejar de ser una carga para los padres.  En este caso, la culpa y la responsabilidad podrán estar entre las razones del lazo extendido, pero éstas no tiene la cualidad rica y fluida de la gratitud.  Esta “ingratitud” no se nota, porque más bien puede haber un largo “pago de la deuda”, que oculta el oscuro anhelo de un hijo atrapado en la expectativa de alguna vez recibir algo desde el corazón de los padres.

Los hijos que reciben en exceso, que nadan en la abundancia, no llegan a tomar conciencia de sus propias necesidades o deseos y, por tanto, se suelen ver como receptores de la necesidad de dar que tienen los padres. Estos padres les dan cosas que se les ocurre a ellos que los hijos necesitan, no tanto lo que verdaderamente descubren como necesidades o deseos propios de sus hijos. Suelen ser aquellos que piensan que sus hijos deben tener aquello que ellos no tuvieron y, sin saberlo, no le dan un lugar propio al hijo sino que lo colocan en el reflejo de su propio pasado.  En estos hijos no hay un desarrollo de la gratitud, ya que sienten que todo lo merecen porque sí, no han tenido tiempo de detectar necesidades o deseos, por lo que no toman conciencia del gesto generoso –si lo hubiera- .

He visto muchos casos en los que los padres, al dar, están anotando cada cosa como una suerte de inversión o como un sacrificio que enrostran con frecuencia al hijo, haciéndole sentir que lo tiene que pagar.  Frases como “yo que me sacrifico por darte de comer…”, “Yo que te traje al mundo…”etc. denotan el perfil de una deuda que lo más probable es que genere rechazo y, para nada, gratitud.

Suele tratarse de casos en los que las carencias del padre hacen que se busque perpetuar la relación, sea bajo la forma de invertir la situación y pasar a depender de sus hijos o parasitarlos mediante la manipulación y la culpa. Ciertamente, a la hora de “cobrar”, se encontrarán con más de un hijo que resulta un ingrato porque repudia la deuda.


Por último, en esta sociedad en la que el cultivo del individualismo egoísta hace que el comportamiento tienda cada vez más hacia el aprovechamiento del otro, es posible que se logre tergiversar el mensaje generoso de los padres, al punto de adaptarse a un modelo en donde la gratitud no tiene cabida. En ello gravita demasiado la cultura y la declinación de los lazos de unión familiar.

2014 10 28 Miedo a volar

Un estudio del caso de los usuarios de servicios de aviación registra que uno de cada tres pasajeros tiene miedo a volar[1].

Esta movilización emocional es, en principio, explicable, ya que embarcarse en un avión generalmente no forma parte de nuestros hábitos corrientes, no suele ser una situación a la que estamos acostumbrados y pone a prueba en un grado relativamente mayor nuestra capacidad adaptativa. Generalmente, es un movilizador natural de estrés, pese a que es muchísimo más probable tener un accidente a la hora de embarcarnos en un auto.  Así lo podemos comprobar, no solo en las estadísticas sino, también, en la observación cotidiana.  Múltiples estudios muestran que hay 100 veces más muertes por accidentes de tránsito que por caídas de avión.

Otra estadística muestra que viajar en avión es el segundo medio más seguro de transporte… ¡El que ocupa el primer lugar es el ascensor!

Un detalle curioso, que podemos observar, es el de las personas, que aún teniendo una rutina frecuente de viajes en avión, siguen padeciendo del miedo a volar y tienen que apelar a recursos varios para poder embarcarse y calmarse.

Ahora bien, hay una gradiente variable de miedo.  Hay quienes tienen el miedo, digamos natural, que se disipa a medida que el vuelo se instala.  Temen, por ejemplo, el despegue, lo cual es normal.

Desde la realidad de las observaciones, se ha desarrollado una regla de alerta “normal” que es el +3 -8 que son los tiempos en que se dan las mayores probabilidades de accidente. Los 3 primeros minutos, los del despegue, y los 8 últimos, los del aterrizaje. Son estos momentos en donde es natural que aparezca y se exprese el temor.

Un estudio en los EEUU muestra que las probabilidades de un accidente aéreo son de una entre sesenta millones[2]. En ese mismo estudio, muestran que las probabilidades de accidentes mortales en auto en los EEUU son una entre 9 millones.

La gradiente de perturbación emocional muestra que algunas personas hacen crisis de ansiedad mayor, que pueden llegar al desencadenamiento de pánico. Por tal motivo, dichos pasajeros pueden haber estado haciendo uso de artilugios para manejar la situación: muchos se toman sus traguitos, algunos varios traguitos. Otros toman ansiolíticos y hay quienes recurren a dormir tomando hipnóticos…. Los más osados (o desesperados) combinan algunas de estas variables

Por este motivo, es necesario apuntalar el grado de conciencia de lo que dispara el sentimiento irracional.  Nos hemos referido a las estadísticas; éstas nos muestran que uno de los medios de transporte más seguros es el avión.

Ahora, toca referirnos a la persona que tiene el problema. El avión, como cualquier otra situación, como subir a un ascensor, moviliza temores que son propios de la susceptibilidad de cada quien.

Entonces, es importante dar referencia de las maneras en que se expresan la ansiedad y los miedos. En principio, cuando ocurre una crisis de ansiedad o pánico, lo usual es que ésta desaparezca en un promedio de 10 minutos.

Sin embargo, la persona que lo desconoce (y, aún sabiéndolo) siente que va a seguir así, sin poder salir de ello. Es frecuente que alguien que ha tenido una crisis de pánico, luego desarrolle un temor a que reaparezca el pánico.  Esto lleva a la necesidad de que el primer paso a lograr en la superación de estos estados sea el de perderle el miedo al pánico. En esto ayuda mucho el que la persona tenga conciencia del manejo de la situación.  Por ejemplo, si está acompañado, hablar de lo que está sintiendo con su acompañante, ir relatando sus sensaciones y permitirse ser apoyado. De alguna manera, este trámite da lugar a que el tiempo permita la resolución natural del cuadro. Si el acompañante es alguien calmado, contribuirá a transmitir el sostén necesario para tranquilizar al angustiado.

Viajar en avión puede poner a prueba a personas que tienen tendencia “nerviosa”, es decir, que tienen susceptibilidad a desencadenar estos cuadros.

El primer punto de enfrentamiento al problema es ubicarse en el  punto de un reto a resolver. Entonces, la información, el sentimiento de control desde lo racional pueden ayudar; pero, si persisten las manifestaciones y, más aún, si éstas llegan a  inhibir al afectado de manera que se le hace imposible volar o solo puede hacerlo con un extremo sufrimiento, entonces, es hora de recurrir a un terapeuta. En ese terreno, son de lo más efectivos los abordajes cognitivo conductuales, el uso de técnicas de desensibilización.

Un tema interesantísimo (especialmente para los psicoanalistas como yo) se puede encontrar en “la trastienda”, en el inconsciente de los afectados o predispuestos a desarrollar estos problemas. Es cuando el avión o las circunstancias de volar tienen un valor simbólico para la persona.

Recuerdo el sueño de una paciente.  En éste, un avión intentaba aterrizar y llegaba con las justas a lograrlo pero chocando con la puerta de una pequeña casita. Pudimos reconstruir, a partir de ello, el escenario de un abuso sexual sufrido cuando pequeña. En este caso podemos ver la simbolización del pene puesto en el avión y la vagina como la puerta de la casita pequeña que, a su vez, suponía a una persona pequeña (niña).

Otro caso mostraba un valor simbólico diferente. La persona estaba en un avión que se estrellaba en el mar y ella lograba salir, llegaba a la playa y encontraba a una señora que no la trataba amablemente. Podríamos pensar que se reproduce, así, una experiencia de nacimiento traumático, donde justamente lo que no encuentra después es una madre sostenedora. El sueño plantea la naturaleza de una repetición y una búsqueda frustrada de contención. El avión, entonces, simboliza el vientre materno  y el accidente una vivencia traumática de nacimiento.

En realidad, a la hora de emprender el tratamiento de un problema de fobia a volar, tendremos que evaluar la aplicación del recurso más adecuado. El uso de psicofármacos se convierte en común denominador que potencia y se potencia con el complemento psicoterapéutico. El abordaje cognitivo conductual se dirige a un mejor manejo del síntoma, mientras que la mirada al inconsciente, desde la psicoterapia psicoanalítica, busca remontarse a los orígenes de la situación traumática que subyace al síntoma.

Sugerencias
  • Es importante informarse de cómo funcionan los aviones.  Desconocer los principios de la aviación puede exacerbar el miedo a volar. Por ejemplo, mucha gente cree erróneamente que una turbulencia puede ocasionar un fallo mecánico.  Otros piensan que un fallo mecánico causaría que el avión caiga en picada hacia la tierra. De hecho, todo avión puede planear sin motores. Los motores sólo sirven para trasladar al avión más rápidamente y mantener su altitud durante viajes largos[1].
  • Este tipo de conocimientos puede calmar a algunas personas pero hay otras que requieren asistir a un especialista para recibir terapia y aprender a controlar la angustia.
  • Otras personas requerirán tanto la terapia como la ayuda farmacológica.





[1] http://es.wikipedia.org/wiki/Aerofobia
[2] http://www.xatakaciencia.com/matematicas/es-mas-probable-ser-presidente-que-morir-en-un-avion

2014 10 28 El poder curativo del amor

  
Muchas veces me he preguntado por qué en la sociedad actual nos estamos alejando de la magia curativa del amor… de aquello que, en el inicio de la vida, nos lleva a encontrar gestos como aquel “sana sana” acariciador, cuando algo nos duele y, de pronto, sentir que maravillosamente el dolor cede o desaparece. Cuando niños, nos parece lo más natural y la magia hace sus efectos.

Luego, la vida nos va enseñando que es el doctor el que, a veces sin tanta magia, es el encargado de arreglar los desperfectos del cuerpo…  Y, poco a poco, vamos dejando de integrar el lugar que le cabe al alma, a la persona que sufre el “desperfecto”. Nos convertimos en una suerte de “máquinas a reparar”, nos deshumanizamos y, valgan verdades, lamentablemente muchas  veces  los doctores se comportan como “técnicos” fríos y distantes, olvidándose de la persona sufriente y, más aún, de la magia sanadora del trato amable, del verdadero interés por el otro, de la necesidad de incluir una mirada a los afectos que conlleva el síntoma y que incluso lo originan.

Hace años, cuando terminé concluyó, con acierto medicina, estando ya definida  mi orientación hacia la psiquiatría y el psicoanálisis, me propuse hacer una investigación sobre los factores psicológicos del asma bronquial. Me instalé en la unidad de emergencia del Hospital en que trabajaba y recibía a los pacientes que llegaban con crisis asmáticas. Con trato amable, les transmitía el mensaje de su próxima mejoría, ya que les íbamos a aplicar “algo curativo”.  Procedíamos a inyectarles lentamente dextrosa mientras sosteníamos el vínculo, tranquilizándolos. No fueron muchos, pero todos los casos que traté superaron la crisis sin necesidad de inyectarles aminofilina, que era lo que generalmente se hacía. Por supuesto que, si no cedía el cuadro, la aminofilina estaba a la mano.  Éramos muy cuidadosos en esto.  Me vi obligado a abandonar la investigación porque tenía urgencia de graduarme, pero me quedó esa experiencia: la sugestión, sostenida por el acercamiento amable, apaciguador  y contenedor, daba el “toque curativo” desde el lado puramente psicológico y emocional de la intervención.

He tenido muchos ejemplos de cura “milagrosa” a partir de experiencias de amor de pareja, maternal, amical, etc., por parte de los acompañantes de pacientes en situación crítica que mejoraron desde situaciones de total desahucio.

Por el contrario, resulta claro que la experiencia de falta de afecto en el entorno personal no solo predispone sino que llega a ser causante de muerte. René Spitz, psicoanalista austro-estadounidense, lo pudo comprobar en bebés hospitalizados allá por los años 40. Él observó que, pese a que los infantes recibían los cuidados de alimentación y aseo necesarios, muchos de ellos no desarrollaban o, incluso, se morían. Concluyó, con acierto, que lo que les faltaba era afecto. El bebé necesita el aliento de vida que proviene de la percepción del afecto materno o de la persona que ocupe este papel (ojo: no de su sola presencia o atención, sino de su amor).
El ser humano nace provisto de recursos afectivos para procurarse la sobrevivencia propia y la de la especie. Pero esta trama neurofisiológica solo se activa a través de la interacción afectiva del bebé con una figura materna, movilizando los mecanismos propios de la fortaleza vital.  Esto está relacionado directamente con el sistema inmunológico y el equilibrio de las funciones vitales.

La percepción del amor ajeno hacia uno tiene efectos benéficos, pero también lo es el que uno mantenga sentimientos de amor hacia el prójimo. El hecho de ser sujeto de amor es fuente de bienestar; de hecho, predispone a la persona a recibir reflejos afectivos positivos. A partir de ello, será posible el bienestar aún cuando la ausencia de alguien a quien amar sea sostenida por la ilusión del eventual encuentro, en cuyo caso, la persona que así funciona, no se llena de frustración o malestar por la transitoria soledad. Se mantiene una buena disposición. Este talante es una particular garantía de salud, tanto física como mental.

En tanto así, cuando enfermamos, siempre es preferible ser atendidos por nuestro médico de confianza.  Antes existía el “médico de cabecera” “el médico de la familia”. Busquemos siempre a aquél que no solo trata los síntomas sino que es capaz de tratarnos como personas, que está atento a nuestro sentir o al momento particular por el que estamos pasando en la vida

También, es importante dejarnos apoyar por los seres queridos de nuestro entorno.  Una dolencia que se comparte duele menos y, eventualmente, el compartir es el primer paso para mejorar, para caminar hacia la salud.

No nos excedamos en la práctica de la autosuficiencia, menos cuando nos enfrentamos a nuestra humana fragilidad, tanto en el terreno afectivo como físico. No es una humillación necesitar ayuda. La humildad de nuestro pedido será la medida pertinente para movilizar el natural gesto de ayuda de los demás.

En este sentido, surgen problemas cuando sentimos que los demás están obligados a hacerlo y, peor aún, cuando no sabemos pedir la ayuda adecuadamente.

En el terreno de la psicoterapia, se ha comprobado ya, desde hace mucho, que el factor terapéutico por excelencia es la calidad de la relación afectiva entre el terapeuta y su paciente.  D esto les puedo dar testimonio.  Además de que el paciente mejora, también el terapeuta siente el beneficio del bienestar logrado. El encuentro afectivo es benéfico para ambos. Claro está que el marco de esta relación está centrado por la ética y el profesionalismo; pero, el objetivo de fluir en la relación activa las posibilidades de expresión y regulación adecuadas de las emociones.  Insisto: esto no solo ocurre en beneficio del paciente sino, también, del terapeuta.  Podríamos decir que son diferentes componentes los  que entran a tallar en la actitud amorosa que está presente en el acto de la curación.


SUGERENCIAS

  • Es preferible consultar con un médico bien predispuesto, de aquellos que no sólo ven el "síntoma" sino a la persona en sí.
  • Si padeces alguna enfermedad, deja que te acompañen personas que te proporcionan afecto. Déjate cuidar.
  • Vive acompañado y rodeado de afecto.  No es bueno vivir solo.
  • Cultiva la amistad.
  • Trata de realizar actividades que eleven tu autoestima, tu amor por ti mismo.



2014/07/23 El estado de ánimo y nuestra salud


https://www.youtube.com/watch?v=Dzyv97u7fxE

Por favor, hacer clic en la flecha de la parte baja (no la del medio). Gracias.


2014/06/27 Una “mordida” que nos invita a reflexionar


El fútbol es una de las formas que el ser humano ha encontrado para canalizar las emociones propias de la competencia y rivalidad. Obviamente, uno de sus grandes componentes es la agresividad. Diríamos que resulta indispensable que el equipo que pretende ganar sea lo suficientemente aguerrido. Un partido de fútbol se da dentro de un contexto pactado, donde es posible poner la agresividad positiva en la fuerza, rapidez, ingenio y habilidad requeridas para el buen desempeño deportivo.

Pero, como sabemos, se va volviendo una tradición –y no sólo en el fútbol uruguayo-  que esta agresividad rebase este contexto, dando lugar con frecuencia a la expresión de una agresión dañina, como en el caso de los “fouls”, las patadas mal intencionadas o las reacciones violentas hacia algún jugador del equipo contrario. Recordemos el famoso cabezazo del francés Zinedine Zidane, al ser provocado desde un tema personal.

A pesar de ello, el reciente caso del delantero uruguayo, Luis Suárez, quien mordió al defensa italiano en pleno partido, sale de lo corriente.  Es insólito y hasta bizarro el que un jugador muerda a otro en un partido de fútbol. Resulta todo un reto a la comprensión.  

Se puede entender como una expresión agresiva desesperada y primitiva ante el sentimiento de impotencia, ante la circunstancia de perder la clasificación de su país si no hace goles, más aún si siente personalmente el peso de la expectativa puesta en él, si ocupa un lugar idealizado que de pronto se ve jaqueado por la realidad.  Pero… ¡un mordisco!  Y, dado que no es la primera vez que lo hace, que ya ha ocurrido otras veces y que incluso se le ha sancionado por ello, se puede inferir la fuerza de la irracionalidad que conlleva este acto.

No podemos, entonces, dejar de pensar en la emergencia de un contenido personal, consecuencia de algún trauma infantil o algún punto de desequilibrio que lleva al colapso temporal de su sistema de control de impulsos. Amerita tomarlo en ese sentido, también, dado que se puede optar por una sanción a la inconducta sin contemplar el hecho de que se trata de una acción sintomática que requiere de un diagnóstico más cuidadoso de su motivación para este exabrupto.

Una manera humana de responder es ofrecerle ayuda especializada, un buen diagnóstico de lo que ocurre con él y que lo ayude a manejar mejor su futuro. No perdamos de vista que muchos de estos ídolos después se enredan en actos de autodestrucción. Recordemos lo que le pasó a Garrincha... y a muchos más. Cuidemos a nuestros guerreros, por lo menos no nos quedemos en la comidilla fatua que rellena el espectáculo.

2014/03/01 La televisión basura

(A propósito de una opinión que me solicitó la revista Dedo Medio)


La televisión basura podría compararse con la comida chatarra, un producto diseñado para el consumo masivo sin importar las consecuencias negativas en el consumidor. Es más, podría considerarse que el interés mayor del que oferta el producto es atrapar al consumidor desde el aparente beneficio de lo excitante y  placentero. Suele capitalizar formas sutiles –y no tan sutiles- de banalizar la vida o realizar la burla o ridiculización de los involucrados. Más de uno se engolosina con la invasión de la privacidad y el ataque envidioso del que ocupa un lugar emergente. La televisión basura lo es, más aún, por su acceso fácil a nivel popular, orientando más hacia un infantilismo que banaliza y que, si bien distrae, poco “recrea”, es decir, “no deja nada”.

Me parece que sería bueno estudiar a fondo el fenómeno, pues la dictadura del rating es la que manda y esto supone que es eso lo que busca un amplio sector de nuestra población. Si a eso le sumamos que estamos a la cola del mundo en diferenciación educativa, la televisión viene a ser solo un espejo de lo mal que andamos, reflejado en lo que consumimos. La crisis es general.

La televisión tendría que integrar un colectivo social en el que su rol educativo mantenga un balance con lo recreacional. Se pueden incluir mejores programas -  - por ejemplo, sobre la vida animal, la naturaleza, las relaciones humanas- sin perder la sintonía del público.

La auto regulación es deseable, lamentablemente estamos expuestos al manejo de las tendencias vigentes. La regulación tiene como problema el viejo tema de “quien regula al regulador… “

En los hogares se ha perdido la brújula de la conducción educativa de los hijos y del colectivo familiar en general. Los padres necesitan que los hijos se entretengan mientras ellos trabajan. Quedan en manos de esa nodriza terrible que es la caja negra de la tv. Entonces, para paliar el vacío de la ausencia de la madre, primero, y rescatarnos  de esa especie de orfandad en la que estamos librados, un poco a la buena suerte, nos aferramos a ella como a una tabla de naufragio merodeando el desarrollo de una adicción.

Se requiere que en casa pongamos límites y no olvidar nunca que la finalidad en la vida está, mucho más allá de lo material, que importa acercarnos en el nivel humano, que los lazos se cultivan y son una garantía ante la banalidad y el vacío. Lo que embrutece es lo que queda en bruto, lo que no desarrolla cada quien de sus potenciales y talentos. En esto último contribuye también la oportunidad para sentir el apoyo y reconocimiento del entorno (familiar y escolar). La razón del éxito de la programación basura es que mucha gente necesita “llenar vacíos” y se conforma con una suerte de “relleno sanitario”.

El estado anda muy mezquino con la educación. El pueblo entonces se contenta con el “circo mediático”.
Lo dañino, en principio, es el exceso de horas frente al televisor. Los programas en general pueden ser perniciosos. El tema de los contenidos, el exceso de estímulo, la  cuestión de horarios, son cosas que, desde el sentido común, nos dicen mucho al respecto.


La programación, como el nivel del parlamento, deja mucho que desear, como muestra del abandono de la educación hacia la excelencia y los valores. Estamos en una situación, que ojalá sea de tránsito, en la que los emergentes están orientados hacia el logro material. Tiempo habrá para vivir una crisis que nos devuelva el sentido de los valores y la trascendencia como horizontes.

2013/11/05 ¿Te estás portando mal?

Una fuente de información acerca de nuestra personalidad proviene de nuestro comportamiento.  De hecho, algunos rasgos reflejan nuestra “forma de ser”; digamos que “indican” lo que se puede esperar de nosotros en la relación con los demás.  Se pueden mostrar variaciones de acuerdo al estado de ánimo o las circunstancias, por ejemplo, cuando estamos bajo mucha presión, nuestro comportamiento puede variar.   De todas maneras, nos manejaremos dentro de un rango que nos caracteriza.

Las formas de comportamiento se van organizando desde el momento en que venimos al mundo y tienen que ver con la calidad de vínculo que hacemos con nuestra madre así como con los miembros de nuestro entorno.

Un buen comportamiento tiene que ver con una naturaleza que se expresa libremente, a la vez que es capaz de manejar sus emociones de manera regulada, con equilibrio entre la acción y el sosiego. El comportamiento es adecuado cuando el niño (luego adulto) es capaz de reconocer al otro como susceptible de sentir como él: dolor, necesidad de distancia, cariño, ternura, etc.

El comportamiento resulta inadecuado cuando no hay capacidad de controlar los impulsos, cuando hay dificultad para adecuarse a las normas del grupo o de reconocer las características propias de cada persona, tratando de ejercer el control desde las propias necesidades y deseos.

En los niños es cada vez más frecuente observar comportamientos en los que predomina la dificultad de concentrarse y centrar la atención a la par que una constante inquietud que muchas lleva al fracaso en los intentos de adaptarse al medio en que participan (nido, colegio).  Pegan a los compañeros o no dejan de competir con ellos, con poca tolerancia a perder.

Si bien algunos de estos casos tienen que ver con fragilidades heredadas, lo más frecuente es que estos “déficits de atención” se deban a fallas en la relación afectiva con la madre a lo largo de los tres primeros años de vida, lo que no les permite desarrollar una adecuada regulación de sus emociones.

A estas circunstancias tempranas se suman experiencias que pueden acrecentar las tendencias iniciales y, así, tendremos adultos con problemas de comportamiento, falta de control de impulsos, consumo de drogas, exagerada ingesta alimenticia, dificultades en las relaciones de pareja, etc.

Por otro lado, esta misma falla original, en la relación de la madre con su bebé, puede llevar a comportamientos de  inhibición y retraimiento social severo.  Es así que nos encontramos con personas sin iniciativa para enrumbar su vida, con incapacidad para sostener proyectos, con fracasos estudiantiles, etc., sin que estemos hablando de una patología mayor como una bipolaridad o esquizofrenia.

Hay muchas variables de trastorno del comportamiento; no siempre el afectado es consciente de padecerlas. Casi siempre son los demás quienes lo perciben y sufren.


Pero, si en algún momento toman conciencia de ello, es posible que puedan recibir la ayuda que les brinda una buena relación psicoterapéutica. Ésta puede aportar bienestar, evaluando y tratando cada caso en el que un trastorno del comportamiento ha oscurecido la vida no sólo del aquejado sino, también, de su entorno.

2013/10/29 El pánico a la penetración

Hace poco, en un diálogo con el público de RPP (Radio Programas del Perú), tocábamos este tema y, como suele ocurrir, hubo mucha participación del público por vía del twitter.

Éste es un problema bastante frecuente.  Solemos enfocarlo en relación a la mujer pero vale aclarar que ocurre también en el hombre (en este caso, se trata de la angustia de penetrar… y, en otros casos, de ser penetrado).

Hay diferentes causas para que esta situación se produzca:

  • Una de ellas proviene de experiencias traumáticas, como abuso, violación o similares, que dejan huella más profunda en la medida en que se hayan producido más temprano en la vida. En algunos casos, el trauma puede desencadenar hasta un delirio ante la posibilidad de ser penetrada, es decir, el antecedente traumático puede haber afectado la estructura misma de la persona, de manera que no puede discriminar la naturaleza del acto sexual del presente o el pasado, la fantasía o la realidad.
  • Otras causas del pánico a la penetración provienen de conflictos inconscientes, casi siempre relacionados con una educación represiva en donde el sexo es propuesto como malo o condenable. La persona lo siente como una falta terrible para con sus padres o con Dios, según el caso. Ciertamente la vivencia es mayor en la medida en que no se ha alcanzado una madurez psicológica suficiente como para construir sus propios criterios.
  • Otras oportunidades en que el pánico aparece es cuando se teme al embarazo, sea por tratarse de una situación indeseada en el inicio sexual o cuando, después de haber tenido varios hijos, la madre siente la inmensa angustia de volver a concebir. Puede llegar a ser tan intenso que no hay recaudo que le garantice que está suficientemente protegida de salir encinta.
  • Hay personas que por excesiva sensibilidad al dolor y/o falta de experiencia de la pareja a la hora de facilitar la lubricación, reaccionan con mucha angustia.
  • Otros casos de angustia o rechazo a la penetración pueden tener que ver con conflictos inconscientes en relación al varón, sea porque compiten con él o porque se sienten sometidas a él. No siempre corresponde a la actitud real de la pareja, si bien es frecuente que muchos varones tengan una actitud violadora o maltratadora respecto a sus mujeres.
  • Por último, no hay que desdeñar la realidad de que la mujer tenga motivos reales de dolor, por inflamación, himen fibroso, ovario poliquístico, etc., por lo cual es necesario siempre descartar causas físicas, cuando el disfrute de la relación da paso a este tipo de reacciones.
Entre las llamadas que nos hicieron hubo una que se refería a la angustia derivada del tamaño del pene, situación que, de acuerdo a las circunstancias, puede resolverse por la vía de un buen acomodamiento o el uso de rodetes arrollados en la base del pene.

En el varón, la angustia de penetrar a la mujer proviene de fantasías diversas, entre las que resaltan las que, en el psicoanálisis, llamamos “de castración”.  Hay, también, otras motivaciones inconscientes, como el temor a quedar pegado, atrapado por la mujer (o muy confundido con ella), situación que nos habla también del grado de integración de la estructura del varón: a mayor desintegración, mayor nivel de angustia o de fantasías terroríficas ante la penetración o incluso ante la visualización del genital femenino.

2013/07/16 La emoción del reconocimiento

Julio de 2013, Celebración de los 30 años del CPPL

Fue en el contexto de las celebraciones del aniversario número 30 del CPPL. Habíamos organizado algo así como “la fiesta de la gratitud”. Inicialmente se trataba de un reconocimiento a los colegas y amigos que nos habían ayudado en los comienzos de la escuela, dictando clases o supervisando. “Pusieron el hombro”, como bien lo dijo uno  de ellos (Carlos Crisanto), denotando que se trataba de un gesto natural, propio de las gentes solidarias. Así lo sentíamos también de parte de los demás homenajeados. La ceremonia empezó con palabras llenas de emoción, luego abrazos, obsequios recordatorios, otras palabras, agradecimientos, anécdotas…  

El afecto fluía en un clima contagioso. La sala estaba llena, como pocas veces ocurre: familiares, alumnos, exalumnos. De pronto un giro en la ceremonia dirigió su atención hacia los fundadores.  Los miembros del comité organizador habían preparado una sorpresa y vinieron nuevas frases, llenas de cariño y reconocimiento, luego de lo cual proyectaron fragmentos de una foto en la que figurábamos los tres: Alberto, Fernando y yo.  La fueron presentando acompañada de frases que ni recuerdo, frases alusivas al esfuerzo, la integración y la perseverancia.

Y, el “ni recuerdo” tiene que ver con una creciente emoción, que fue llenando mis ojos de lágrimas, que intentaba inútilmente reprimir. Era mi escena temida: el reconocimiento.  Se suponía que luego tendría que decir unas palabras y sentía que cualquier extensión de este momento sólo podría ser un torrente de emoción sin palabras.

Estaba rodeado de mi familia, habían invitado a mi esposa y a mis dos hijos varones, Gonzalo, mi hijo mayor, además había llevado a mi nieta, la que miraba a hurtadillas, quizás percibiendo mi turbación. El desborde llegó a su punto mayor cuando anunciaron que nos otorgaban una medalla de oro, que me sería entregada por mi hijo menor.  Totalmente invadido por la emoción, salí al frente para ser condecorado por él. No atiné a decir palabra (o no recuerdo si dije algo). Era demasiado.

Ser reconocido en un detalle tan valorado para mí es como si de pronto me quedara sin piel, expuesto al menor roce, a la brisa de los afectos que suelen surgir cuando el que te brinda el reconocimiento lo hace de corazón, cuando sientes que el reconocimiento es desde una sintonía del que puede ver algo que uno tiene pudor de mostrar: que uno lo espera, que lo anhela en silencio y que a veces se añeja. Es el reconocimiento que uno desearía que aparezca desde el cultivo del ejemplo en los demás, errado o no, desde el intento de hacer institución para cultivar la cultura del colectivo, de la unión, de la fuerza del deseo compartido, a partir de nuestras fortalezas y debilidades.

Me tocó en lo más hondo esta celebración. Sentía el calor humano de la cercanía de la apertura sincera en el encuentro y, más allá de mis lágrimas y del temor al desborde emocional, sentí que bien valían 30 años de remar para llegar a esta orilla.  Es adonde siempre había querido llegar, a un mundo de semejantes y diferentes que se reconocen en lo esencial, en el humano anhelo de vincularse y prodigarse lo mejor de cada quien, capaces de ser solidarios y sostenedores cuando se requiere, sin las ataduras de la obligación o el sometimiento, sostenidos por el deseo y la libertad de ser quienes realmente son.

Siento una profunda gratitud por los que me permitieron crecer en esta aventura de echar a andar la institución, por Alberto, Fernando, Maty Caplansky, Marta Saldivar… por tantos amigos que hoy dictan cursos en el centro, en quienes registro, además de su vocación docente, esa disposición solidaria en la que anida la amistad. Sin ellos no lo hubiéramos podido lograr. Gracias  por todo.


Pedro Morales Paiva

2013/04/02 Sentido Común

“Ese precioso y necesario don del sentido común...                                                                                    es el menos común de los sentidos”                                                                                               
(Ramón Gómez de la Serna)



Cuando me invitan a desarrollar un tema en algún espacio de comunicación, suelo hacer después alguna extensión para mi blog, desarrollando el tema con más calma y sin las preocupaciones de la restricción del tiempo o del espacio que imponen los medios de comunicación, como la televisión, la radio o la prensa escrita.

Esta vez me tocó hablar de "el sentido común".  Considero que el sentido común tiene que ver con una inteligencia, con una capacidad, producto de la herencia y la experiencia,  que nos faculta para encontrar respuestas adecuadas a los diferentes retos adaptativos de la vida.

Desde el factor genético, algo hay o puede haber de una suerte de talento; mientras que, desde lo social, influyen las creencias y patrones culturales en los que uno se educó.

Desde el punto de vista de lo adaptativo saludable, supone un manejo efectivo de la realidad compartida, a lo que se agrega un juicio adecuado sobre dicha realidad, lo que otorgaría una dosis de sentido a lo que entendemos de esa realidad.

El sentido común, si bien alude a un producto del colectivo social (“común”), tiene posibilidades de una resultante propia o subjetiva en la que la persona, sin perder el eje del sentido de realidad, se permite reformular la lectura del colectivo de manera creativa. Es entonces cuando entramos en el terreno del talento en el manejo del sentido común. Encontramos la genialidad creativa, que a veces nos mueve a decirnos: “¡cómo no se me ocurrió!”, cuando alguien nos propone alguna alternativa a lo común; y, es que entonces nos suele parecer que nosotros mismos podríamos haber llegado a dicha reformulación.

En la contraparte del talento en el uso del sentido común, se encuentra, con lamentable frecuencia, una dificultad para manejarse en tal sentido. La psicopatología muestra como punto de giro entre la salud y la disfuncionalidad el manejo de la realidad o las distorsiones en el juicio de la misma.

Cabe agregar que el sentido común se altera o se llega a distorsionar en amplias variables, en casos de alteraciones del ánimo. Una persona llena de furia puede acometer actos totalmente fuera del sentido común… lo mismo que podría ocurrir en una exaltación enamorada (enamoramiento).

Los casos extremos de estas circunstancias los observamos en los fenómenos de masa, en especial en aquellos en los que un líder carismático puede inducir emociones y creencias que muestran una visión parcial de las cosas, llegando a la anulación del sentido común, como suele ocurrir con las guerras.   

En el terreno de lo casero, muchas veces el extremo otorgamiento de credibilidad a las prescripciones de la ciencia, puede perturbar el natural encuentro entre la madre y su bebé o inhibir su intuición, base de la inteligencia emocional que hereda de la milenaria sabiduría de la naturaleza y que sólo requiere dejarla fluir.

2013/02/03 Mamá cumple cien años


En repetidas ocasiones he escrito sobre mi padre. También, he citado frases de mi abuela. No cabe duda que me nutrí de sus cálidas compañías a lo largo de esos años tempranos de mi vida en que uno graba emociones para siempre. Diría que, más que extrañarlos, los tengo muy presentes, habitan en mí, son parte de mí….

Con mi madre ocurre algo muy diferente. Hace 7 años que se fue.  Se apagó de a pocos, a lo largo de años, como una velita cada vez más languidecente, haciendo espacio a la resignación y al anhelo de que logre al fin su descanso eterno. 

De ella guardo recuerdos también nutritivos, pero de otro orden, distintos a los de mi padre y abuela. Mamá mostraba sus afectos a través de la comida, sus ojos brillaban, sentada al frente del plato que me servía el mediodía de cada jueves, orgullosa de haberlo preparado, a veces durante horas, haciendo los caldos o cuanto fuera necesario para que adquiriese ese delicioso sabor que su sopa serrana adquiría en mi paladar. Ni qué decir de la búsqueda de los ingredientes que con real devoción y entrega se esmeraba en adquirir, mientras daba espacio al reencuentro con sus “caseras” en el mercado, con muchas de las cuales solía tener diálogos en quechua mientras jugaban a negociaciones y “yapas” en las que se incluían de natural los gestos de atención y afecto.

Para ella, el disfrute consistía en verme saborear el delicioso manjar –que me encantaba- hasta dejar “el plato limpio”, como nos había inculcado desde niños.  Si no era así, es que no estaba bien, es que no me había gustado. Por supuesto, el caso contrario (más bien frecuente), en que yo solía repetir, pedir más de su rica sopa serrana, podía llevarla a una sensación de realización insondable y era cuando solía repetir: “bien hecho, te ha gustado”.  Podíamos, entonces, despedirnos en paz, con la confianza de que se había dado el encuentro. Hablábamos poco, hacíamos comentarios banales y con frecuencia juegos de humor de mi parte que la hacían divertirse por un rato.

Cada tanto me comentaba sobre sus sueños, en donde el gran protagonista era mi padre. Nunca dejó de soñarlo en los más de 40 años que lo sobrevivió. En sus sueños había de todo: si bien lo más frecuente era que pelearan, no dejó de hacerle un espacio para encuentros íntimos que intentaba evitar comentarme, hasta aceptar con rubor mi natural deducción de lo que no me estaba contando.

A lo largo de años sostuvimos el ritual de los jueves: la misma sopa, similares comentarios, nada especial que esperar, hasta que un día me di cuenta que sí había estado esperando algo diferente de su mirada hacia mí. Fue cuando jugando a que yo era pobre y que merecía toda su herencia, me responde “pobre tú…?  Tú eres rico espiritualmente…”. Me emocioné hasta las lágrimas. Mi madre siempre había sido muy beata, religiosa de ritual.  Que me dijera lo de espiritual, ya que por cierto me consideraba así, llenó mi alma de la sensación de ese reconocimiento que nunca había sentido de ella, que en realidad era posible tener con ella esa experiencia de intimidad que la vida siempre nos reserva, aunque descreamos de ello, aunque no lo sepamos apreciar en su momento..

Ahora, al borde del centenario de su natalicio, ese recuerdo me llena y, mirando en mi presente, me pregunto si el placer por cocinar para las personas que quiero no viene siendo un homenaje permanente a esa rica sopa serrana, que mamá siempre servía con devoción.

Que mi recuerdo te acompañe con gratitud querida Emmita, dondequiera que estés que todo te sea bendito.

2012/12/07 Amor… ¿a la billetera?


Hace poco respondí una pregunta que se me hizo en mi blog “Consultas en línea”. La respuesta la titulé, como siempre,  con una frase sugerente: “Amor… ¿a la billetera?”  Como quiera que la persona que hizo la consulta no comprendió el sentido de mi respuesta, me animo a desarrollar, en este espacio, aquello que intenté decir al respecto.

En las relaciones humanas de amor confluyen diferentes componentes que determinan nuestras pautas de elección de pareja y aquello que contribuye a que la relación se sostenga en el tiempo.

El componente de la naturaleza humana que más influye es el de la atracción sexual. Hay cantidad de elementos comprometidos en el cometido de hacer que una mujer y un hombre se vean involucrados en un encuentro sexual, compromiso ineludible con la conservación de la especie. Este atractivo es el ingrediente mayor del enamoramiento y determina que por un lapso de unos tres años (tiempo suficiente para la procreación y una primera infancia) los lazos de la dependencia sean intensos. Luego, declina.

Como el determinante reproductivo de la atracción tiene que ver también con el mejoramiento de la especie, la elección incluye garantías para el cumplimiento de  los requisitos de protección y suministro de alimentos tanto para la sobrevivencia de la cría como de la madre, por lo que el macho elegido y la hembra tendrán atractores biológicos relacionados con dicho fin.  Así, la dulzura, la sensibilidad afectiva, tanto como el ancho de las caderas o el tamaño de los pechos, resultan importantes en la elección de una mujer; mientras que, en los varones, importa la fortaleza física, la inteligencia (en especial para ganarse el pan) tanto como la actitud.

Con estos determinantes genéticos nacemos. Las predisposiciones básicas nos acompañarán a lo largo de nuestra existencia pero la capacidad para relacionarse en un nivel más  profundo y comprometido depende de la calidad afectiva que cada quien cultivó desde la más temprana infancia. De la calidad de la relación que logramos tener con nuestra madre depende la calidad de vínculo que podamos hacer en la adultez. Si la relación fue buena, tendremos un sentimiento básico de seguridad en nosotros mismos y en nuestras posibles parejas.  Esto brinda un contexto de confianza y respeto por el otro.

Cundo nos sentimos seguros en la relación con el sexo opuesto, no existirán necesidades de control o manipulación. El aprecio fluye natural y sin impostaciones, no se idealiza en extremo y la dependencia es equilibrada. No necesitamos “comprar” a la pareja con regalos o con demostraciones de poder económico. Si hay atenciones, serán las expresiones naturales de aprecio o gratitud, pero nada que rebaje la relación a un nivel de “compra” del afecto del otro.

 Las razones de la relación están ajenas al interés material. El aprecio nace de la valoración de lo que es la persona, no de lo que tiene (aunque se pueden apreciar ambas cosas, por cierto). Esta condición da lugar a las verdaderas relaciones de amor o a las relaciones de amor más integrado o maduro, espacio y lugar donde ambos se sienten unidos y libres a la vez.

Cuando ha habido fallas en la relación temprana con la madre, en los primeros tres años, las personas tienen diferentes grados de perturbación a la hora de desarrollar un vínculo amoroso. Tienden a una relación de posesión, de control, altamente sensible u oscilante. Las más de las veces tienen dificultad para depender o entablan dependencias extremas y asfixiantes. La demanda de idealización promueve constante frustración cuando el otro falla o muestra sus naturales y humanas limitaciones. Se adoptan posturas de dominio, control e intolerancia.

Muchas veces hay un excelente disfraz de idealización, pródigo de atenciones, que mantiene a raya a los fantasmas del abandono, que siempre -consciente o inconscientemente- muestran las garras. Todo luce muy lindo, pero es material altamente quebradizo y no tolera mucho las pruebas duras de la vida.

He visto montones de veces como esos angelitos amorosos se llenan de ira y odio al ver desmoronarse el castillo de naipes de una relación idealizada. Entiéndase que una relación idealizada casi nunca incluye la idea de una relación en donde existan verdaderamente dos personas. Por ello, cuando se rompe la idealización, más que marcar una pérdida gravosa, abre las posibilidades a una relación real, en donde las personas puedan ser ellas mismas.

2012/11/20 Ante la duda, abstente

Marianita, una persona a la que atiendo en psicoterapia, vive enredada permanentemente en la duda. Si no duda de algo puntual, “¿cerré la puerta?”, “¿apagué la luz?”, se pregunta sobre el futuro incierto planteándose escenarios “¿y si cuando haya terminado con él, después me arrepiento?”, “¿Y si me lo encuentro en la calle y está con otra..?” “¿Y si no me quedan bien los dientes después de que me los arreglen…?” “Entonces, ¿lo hago o no lo hago…?” Si no es el futuro, es a veces desde el pasado que presenta las alternativas: “Y si no hubiera hecho tal cosa… “¿hoy tendría o no este problema?”…

Entre una cosa y otra, el gran problema es que Marianita no vive el presente y, más aún, no termina de tomar las riendas de su vida, no se compromete con nada y, si lo hace, inmediatamente aparecen incertidumbres o dudas sobre la credibilidad de lo que puede esperar del otro o de lo que ella pueda hacer, si podrá estar a la altura de las expectativas… A sus 28 años no ha decido nada importante, lo cual moviliza crecientemente sus dudas de si podrá alguna vez…

Estas formas de la duda configuran el tejido propio de un desorden que conocemos como obsesión y que puede llegar a trabarnos totalmente en la vida. El trasfondo de estas expresiones de la duda tiene que ver con la inseguridad frente a una amenaza que proviene de experiencias pasadas que movilizan, a la manera de un eco, las expresiones de la duda que, a la vez, protegen a la persona y “recuerdan” la situación traumática.

En otras personas, en un grado menor, estas dudas se expresan como muestra de una permanente inseguridad, una incertidumbre que parte también de una desconfianza en sí mismos, un temor a cometer errores. Suelen derivar en inhibición, en temor al riesgo, a la desaprobación, etc..

Por otro lado, al otro extremo, “la confianza absoluta”, la que promueve certidumbres ciegas, la de los fanáticos y dogmáticos, es una forma de controlar la inseguridad que, de otra manera, se expresaría como esas dudas obsesivas a las que nos referimos al comienzo.

Estos casos son extensiones de problemas de ansiedad inadecuadamente procesada que, en la mayoría de los casos, nos cuentan una historia de insuficiencias en los períodos más tempranos de la relación con la madre, época en las que es necesario no solo su presencia (la de la madre) sino, también, una particular dedicación, una comunicación intuitiva y una disposición suficiente para que la emoción de confianza se genere.

Por ejemplo, cuando la relación de confianza se logró desarrollar en la infancia, la duda es más bien un apoyo para la vida: sin quitar realidad a las cosas, nos permitimos explorar más allá de lo manifiesto y, así, enriquecemos la experiencia. En otros casos, nos permite reconocer con facilidad lo engañoso de algún mensaje que se nos presente como verdad.

Este tipo de duda aparece cuando es necesario; no funciona como una actitud permanente, no llega nunca a ser una obsesión estéril. El viejo dicho “ante la duda, abstente” muestra su utilidad si la abstención nos deja un tiempo para evaluar mejor la consistencia de nuestra decisión respecto a algo o, desde otro ángulo, nos da tiempo para saber sobre la consistencia de ese “algo” que nos mueve dudas.

En los casos en que no hay seguridad de fondo, la abstención nos puede durar y “torturar” toda la vida. No olvidemos, entonces, que la seguridad y la confianza en nosotros mismos son las que abren espacio a la duda razonable y, aunque parezca motivo de duda, eso se genera en la primera etapa de la vida, depende de la seguridad que adquirimos en el vínculo con nuestra madre.

2012/10/12 ¿Existen los ángeles?

Más de una vez me lo han preguntado, amigos y pacientes “tú crees en los ángeles…?”, claro que también me han preguntado sobre un montón de otras cosas por lo que  podría estar haciendo una nota sobre las creencias o sobre la curiosidad de los pacientes, o, de la gente en general.
Parodiando un comercial que escuché hace muchos años puedo decir “no sé si existen los ángeles, pero que los hay, los hay….”
Y, es que me ha pasado muchas veces que me he encontrado con ellos, por supuesto, en sus versiones de carne y hueso.

Quería compartir mi experiencia más reciente al respecto: me tomé unas largas vacaciones y en uno de capítulos de mi programa, alquilé un auto en Italia, la idea era recorrer parte de la región Toscana parando en Siena y San Gimigniano. El esposo de una sobrina, nos sugirió con mucho entusiasmo que paráramos a dormir en un pueblo cercano a San Gimigniano, descansar y darnos un baño de paz en el campo, él mismo había estado en Certaldo y había quedado encantado.

Ya en ruta hacia nuestro destino programado para el reposo, empezamos a tener problemas con el GPS.  Ni mi esposa ni yo tenemos habilidad para manejarlo y fuimos compensando la falla preguntando a la gente por el camino a Certaldo, hasta que logramos llegar al pueblo con las sombras del atardecer. Sin embargo, al amparo del sistema que habíamos adoptado para llegar al hotel, es decir, cuando preguntábamos dónde quedaba, la gente nos miraba, se agarraba la cabeza, algunos me decían desde su mapa mental “tiene que ir unos tres kilómetros derecho, luego, voltear a la derecha, luego a la izquierda después de pasar un sitio…”  De noche, en carretera que no conoces…terminamos entrando en trompo cuando empezamos a encontrar desvíos y calles cerradas perdiendo totalmente el sentido de orientación.
En una de esas, luego de estacionar para respirar un poco, serenarme y pensar en soluciones, reparo en que, a unos pocos metros había una estación de bomberos a un costado de la cual conversaba uno de los bomberos con una pareja mayor. Me acerqué a preguntar nuevamente por el lugar a donde debía ir.  La respuesta fue la misma. El bombero se agarró el mentón, inquieto, diciéndome y haciéndome sentir que era poco menos que una misión imposible…  En eso, la señora que lo acompañaba, de unos cincuentaitantos años, me dice: “donde está su auto…”  Le respondo y agrega: “sígame…” No entendí bien la propuesta hasta que la vi subirse a una pequeña camioneta y ponerse al frente mío para que la siga. Y… bueno, eran unos cuantos kilómetros de ruta con giros y recovecos que jamás hubiera podido diseñar en mi mente, hubiera sido imposible llegar sin su ayuda; y ella, con toda precisión, se paró en la puerta del lugar, anunció mi llegada y se acercó presurosa para estrechar mi mano y despedirse deseándome una buena estadía para luego desaparecer sin más…

Sé que darle las gracias emocionado fue un detalle menor para ella, su carita estaba iluminada por la satisfacción de haberme ayudado…  ¡Díganme si no existen los ángeles…!! Y no es la primera vez que me pasa… pero esas ya son otras historias.
Lo que quiero es compartir esta experiencia para que nos animemos todos a convertirnos en ángeles: tratemos de dar siempre ese “poquito más” que ayude al que se nos acerca a recordarnos esta misión…  La satisfacción pintada en el rostro de esta generosa mujer nos habla del premio que nos espera, ni qué decir de esa profunda gratitud que se genera en el privilegiado receptor de la ayuda…  Por supuesto que uno se anima a emular a estos angelitos que la vida nos acerca cada tanto. Cultivemos la gratitud y la gracia de ayudar al prójimo desinteresadamente, ¡sigamos los buenos ejemplos!

2012/08/14 Felizmente Seguros


Es un supuesto básico, quizás incuestionable, que todos en esta vida aspiramos a la felicidad…  El problema es que relacionamos felicidad con tener poder adquisitivo para consumir. Entonces, con un poco de atención, descubrimos que son “otros” los que manejan los intereses de la sociedad de consumo en la que vivimos, quienes nos bombardean a diario con los requerimientos “para una vida feliz”, confundiéndonos de tal manera que podemos estar convencidos, por ejemplo, que el dinero hace la felicidad, que el tener cosas, posesiones, riqueza, poder, éxito, belleza, etc. son los ingredientes que lo garantizan.


Lamentablemente, la alienación hacia el consumo y la figuración estimula el individualismo y no le hace espacio a la integración con el entorno, en base a los determinantes naturales del afecto y los valores. El aprecio por la persona depende más de lo que tenga o parezca cada quien.

Este fenómeno incluye la desatención de los infantes en los años que más lo necesitan. No se les permite desarrollar saludablemente su estructura cerebral y que sus talentos emocionales incluyan la sensibilidad y empatía hacia el otro. Por esto, nuestros niños son fácilmente atrapados por la sociedad de consumo, ya que se acostumbran a crecer en desatención y con pobre resonancia afectiva, sin mayor seguridad en relación a su entorno, al que, en el mejor de los casos, aprenden a manipular o al que simplemente se someten.

Bueno, todo esto es una introducción para contarles que, para atender este problema, desde el mes de mayo, unidos por nuestra vocación de servicio, el que escribe, junto al Dr. Alberto Fernández y al conocido psicoanalista Leopoldo Caravedo, decidimos ponerle ese nombre “FELIZMENTE SEGUROS”, a una empresa de servicios a la que estructuralmente da forma el Ing. Héctor Begazo, con la idea de ayudar a las familias peruanas a “entender para atender”, entender el rol del padre y el de la madre, el de la pareja y los retos de los niños y adolescentes en la actual sociedad de consumo.

Buscamos acercarnos a las familias a través de las empresas, colegios, universidades y organizaciones, donde algún integrante de la familia pueda acceder a nuestra propuesta de lograr seguridad para buscar la felicidad.

Nuestra mayor satisfacción se produce cuando los trabajadores logran entender a su pareja, a su compañero de trabajo, a su jefe y, sobre esta base, atender a sus clientes internos y externos, contribuyendo al éxito de su Empresa.

Ofrecemos un plan fundamentalmente de prevención a fin de contribuir a su seguridad, tanto personal como familiar, mediante una adecuada combinación de charlas y talleres que tienen el objetivo de ayudarlos a encontrar la senda de su sentido de vivir y ser felices, en armonía con su entorno, con la garantía de que la felicidad se enriquezca del contacto humano y sensible.

Compartiré algunas de las reflexiones de este blog en la siguiente dirección: www.facebook.com /felizmentesegurosperu
Los invito a visitarla regularmente.



2012/06/06 Medalla de Bronce

Hace un par de años escribí una nota con el título “Medalla de Oro”. El contexto tenía que ver con las olimpiadas que mi colegio organiza cada año, en las que participan todas las promociones que han egresado desde que se fundó.

La anécdota viene a cuento de que, participando en una competencia de billar a tres bandas, en aquel entonces, luego de una semana de entrenamiento, terminé ganando con mi equipo la medalla de oro. En ese momento me pareció que mis méritos tenían que ver más que nada con el esfuerzo de mis compañeros para lograr que participara, para lo cual me animaron y acompañaron en los entrenamientos.

Para las olimpiadas del año pasado tomé la iniciativa y me empecé a entrenar con tres meses de antelación. Esta vez sí sentí que era meritorio obtener la medalla de oro, tal como ocurrió. Incluso, le gané a un contrincante que sabía jugar muy bien a tres bandas.

Pero, resulta que me quedé “pegado” a esta poco conocida disciplina y seguí asistiendo al escenario de mis entrenamientos, ya no para las olimpiadas sino por el placer de hacerlo. Pronto se convirtió en un gratísimo entretenimiento que, poco a poco, fue incrementando mi destreza, al punto que, en esta oportunidad, no podía menos que aspirar a la medalla de oro de las olimpiadas 2012. Les di a mis amigos y familiares la noticia de que tenía mi torneo esta semana (la pasada) y que iba a ganar la dichosa medalla. ¡No tenía dudas!

Constituido en el lugar de los hechos (soy ex alumno del “Colegio Militar Leoncio Prado”), me comunicaron que nuestro “primer round” era con la promoción XVI. Al momento de mirar hacia donde se encontraban nuestros rivales, reconocí, entre un grupo entusiasta y exaltado, un rostro en especial: se trataba de un ex campeón nacional, y –después me enteré- 5 veces representante internacional del Perú en lides de billar a tres bandas, dueño, además, de un billar y profesor en esas artes… Paro de contar… Me invadieron una serie de sentimientos encontrados. “No puede ser”, pensé. “Deben haberlo contratado y no es de la promoción…”. Pregunté y, efectivamente, era miembro de la “Gloriosa XVI” (en nuestro colegio todas las promociones se autodenominan “gloriosas”).

Reclamé, aduciendo que no era justo, que deberían haber categorías, etc. Alguien de mi promoción me explicó que el caso era a la inversa de lo que ocurría en atletismo, donde uno de los representantes de nuestra promoción es campeón mundial… Enojado, hice un amague de retirarme porque, además, se demoraban y había un enredo descomunal en el orden y los horarios. Encima, tenía que esperar; no tendría el privilegio de la “muerte rápida”. Y, lo inevitable ocurrió. Me dieron una tanda tremenda y me puse más tenso de lo habitual cuando compito (tema que retomaré) y no logré hacer una sola carambola. ¡Un desastre! Hacerle pasar por similares circunstancias a mi rival de la segunda partida pareció atenuar la afectación de mi ego herido. Al final, sólo logramos el tercer puesto (de tres posibles); o sea, nos llevamos la medalla de bronce.

Ya más tranquilo, pensaba en la ironía del destino y las pruebas para el ego que siempre nos saldrán al paso: cuando no lo merecía, gané el oro; ahora, que “merecía el oro”, gané el bronce. Pero, extendiendo la reflexión, la verdad es que venía bien el bronce. Necesito cultivar la humildad y saber perder.

Tomé conciencia, más que nunca, de mis niveles de competitividad, cosa que siempre negué. “No me interesa competir”, he dicho muchas veces. Siendo el menor de seis hermanos, debe haber resultado una buena estrategia, ya que siempre me las ingeniaba para “ganar” “sin querer queriendo”.

Esto me quedó más claro cuando al día siguiente tuve un sueño en el que literalmente era castrado (con posibilidades de restitución si me apresuraba a buscar ayuda), cosa que explicaba la naturaleza infantil de mi molestia y la alta tensión generada al enfrentar al rival “mas grande”.

Bueno, es un tema para extenderse, una oportunidad de hacer un poco de autoanálisis… Lo dejo allí. ¡Bienvenida mi medalla de bronce! Me ha dejado motivos para meditar y, acaso, reconocer mi interés en competir… ¡y ganar!

2012/05/21 Lo mastico pero no lo paso II


Es posible que, cuando niños, hayamos vivido bajo la tutela de una madre sobreprotectora, ausente o francamente agresiva, de esas que no cesan de llamarnos la atención o que han decidido que nuestro futuro está en sus manos y que tenemos que ser un ejemplo de perfección. Por tanto, debemos comer a la hora y toda la comida, estar prolijamente arregladitos, limpios, no expresarnos con groserías ni mostrar cualquier forma de agresión que haga que mamá reaccione como si la hubiéramos ofendido. Siempre atentas a nuestro comportamiento, marcando las pautas de cada instante: “¿Saludaste al tío…?” o “¿Dijiste gracias…?”, …cuando no el machacante “Se pide por favor…”.

Si tales preocupaciones de mamá (de las que papá no nos rescata) trasuntan algo más (pueden ser una buena excusa para someter y literalmente castrar a su hijo), es posible que el niño se vea muy pronto en la necesidad de reprimir la agresión y, como consecuencia, empezará a expresarla de manera sintomática.

Una rebeldía pasiva lo coloca frente a la madre, quien mira impotente cómo su hijo mastica y mastica sin llegar a pasar la comida. Ella se desespera y se enoja, se preocupa, amenaza ¡y nada! El niño ha encontrado, entonces, un instrumento de poder, el poder del síntoma, el poder de sacar de quicio a la madre, el poder desquitarse mediante una libertad paradojal, esa que le entrampa una función (la de comer) y que lo condena a mantener a raya los trasfondos de la agresión reprimida.

Debemos agregar que dicha agresión es tremendamente culposa: es nada menos que agredir a nuestro ser más amado. Por tal motivo, siempre es posible encontrar en las limitaciones personales o en sus consecuencias una suerte de castigo auto infligido, al que se suman, de rutina, las reacciones y condenas del entorno, empezando por las de mamá.

Estas manifestaciones se pueden conservar en el inconsciente y alguna circunstancia de la vida adulta, un enamoramiento o una pérdida significativa, por ejemplo, pueden reactivarlas y, sin mayor razón fisiológica, nos encontramos con que no podemos tragar la comida o alguna manifestación por el estilo, como comer sin masticar, comer en exceso, no comer, etc., a lo que se pueden sumar alteraciones de la periferia cercana, como crisis asmáticas.

El trasfondo actualizado incluye no sólo los problemas relativos a sentimientos de agresión que no podemos expresar; junto con ellos están los correlatos de necesidad y dependencia que no nos podemos permitir o que movilizan en nosotros sentimientos de peligro, temor a la dependencia y, por supuesto, a ser dominados o sometidos por el otro, peor aún si lo que pudiera suceder es que nos abandonen.

Son muchos fantasmas los que nos pueden inundar y desencadenar un estado de tensión tal que nuestra vida pierde la calma. Es cuando la ansiedad y miedos varios nos empiezan a jaquear a cada instante, sea con ideas de un futuro nefasto, al que no podremos controlar, o con miedos hipocondríacos ligados a la misma sensación de impotencia; impotencia para resolver efectivamente la molestia, empujándonos a un peregrinaje por los consultorios de los médicos en busca de una explicación física cuyo origen psíquico, por supuesto, no es tan difícil de detectar.

2012/05/18 Lo mastico pero no lo paso

Me pareció sugerente esta frase a la hora de responder una consulta de mi blog “consultorio en línea”. Me quedé pensando en ella, en que hay gente a la que “masticamos” (aguantamos, toleramos, soportamos), pero no “pasamos”; es decir, no aceptamos lo que son o cómo nos tratan.

Hay montones de variables que pueden desprenderse de esta condición. Las más complicadas tienen que ver con relaciones de nuestra infancia temprana, siendo posible que a quien no “pasamos” sea a nuestra madre, a nuestro padre o a algún hermano, con quienes, por razones de necesidad o dependencia, no tenemos otra alternativa que relacionarnos.

Transamos en una relación que, por tanto, queda cargada de sentimientos encontrados de amor y de odio, que se van a reflejar posteriormente en las futuras relaciones, tanto con nosotros mismos como con otras personas con las que nos vinculemos afectivamente.

A veces, incluso, nosotros mismos podemos protagonizar al personaje enojoso de nuestra infancia, “cargando” de exigencias y presiones a las personas a quienes se supone que estimamos, terminando ¡oh paradoja! siendo ahora nosotros los difíciles de tragar.

También, nos encontraremos, a lo largo de nuestras vidas, con personas que tienen una “subjetividad cerrada”, que sólo piensan en sí mismas, que no tienen empatía, que no son capaces de ponerse en los zapatos del otro. Estas personas suelen ser “intragables”.

Si no tenemos otra alternativa que relacionarnos con ellas o, incluso, que convivir con ellas, probablemente las “masticaremos sin tragarlas” y rumiaremos nuestra molestia. Esto llega a ser intolerable, hasta el punto de que nos causa mucho enojo y nos hace sentir mal y hasta es posible que terminemos enfermándonos.

Frente a esta situación, es necesario preguntarnos si esta persona no nos estará moviendo algo profundamente nuestro, si en el fondo no pretendemos que cambie para que se comporte como queremos, como pensamos que “debería” hacerlo. Lo “saludable” en estas circunstancias es que tengamos presente que es necesario comprender en qué está el otro, lo que es, cómo es.

Cierto que hay que tener en cuenta que comprender no necesariamente es estar de acuerdo y nos encontramos, entonces, en la disyuntiva de seguir “masticándolos sin tragarlos” o de “digerir” la situación. Una posibilidad es la de manejar la situación con la distancia que corresponde, por ejemplo, no entrando a discutir cosas con quien no sabe dialogar y sólo sabe hacer eso: discutir.

No esperar que el otro sea diferente nos protegerá de la incómoda sensación de atragantamiento que nos puede movilizar entrar en estos juegos en donde las cosas pueden llegar a confusiones que metafóricamente se expresarían en no saber si las queremos ingerir o vomitar.

Una opción igualmente saludable es alejarnos de gente así, si es que no es indispensable tenerlas en nuestra rutina de vida. A veces, ocurre que antes tolerábamos a estas personas -amparados en la buena voluntad, en la compasión o debido a motivos como la amistad, el compañerismo e, incluso, por los naturales lazos de familia- hasta que un buen día nos sentimos saturados, no sintonizamos más con sus destemplados decibeles y decidimos que “no va más…”, determinación precedida casi siempre por estos existenciales sentimientos de si “tragar o no tragar” y de si “pasar o no pasar”.

Esto ocurre cuando seguramente hemos logrado saborear la riqueza sintónica que la vida nos brinda con generosidad cuando nos abrimos de una manera diferente a la del “tener que..”, por la razón que fuere. Empecemos, entonces, por nosotros mismos. Empecemos por “pasarnos” a nosotros mismos, por aceptarnos como somos, cambiando lo que haya que cambiar, pero, sostenidos por el buen deseo y el natural anhelo de vivir en paz. Respetándonos siempre en la misma medida en que respetemos a nuestros semejantes (y, más aún, al “diferente”).

2012/05/03 “Romper el cordón”

Se trata de una expresión muy utilizada, que implica haber crecido lo suficiente como para dejar el lazo infantil que nos liga a los padres. El modelo en que se basa es por cierto el de la situación uterina en la que el feto depende totalmente de la madre para existir.

Observamos con mucha frecuencia que los hijos desarrollan apegos tremendos con los padres y muy en particular con la madre. No encuentran la fuerza para desempeñarse o salir del hogar para realizarse como personas. Algunos no logran culminar una carrera o no consiguen un trabajo que les permita vivir por su cuenta.

En oportunidades detectamos que, pese a que han tenido logros en la vida (títulos universitarios, trabajos excelentes), no logran desarrollar el propio espacio o tienen retrocesos hacia una dependencia dramática con sus parejas o con la familia de origen a la que suelen retornar empequeñecidos.

Muchas veces se amparan en los laureles y éxitos que esgrimen con alguna arrogancia, como demostrando que pueden, que lo que ocurre es causa ajena a su voluntad.

En los historiales de las personas que tienen dificultades para cortar el cordón encontramos un dato infaltable: han habido problemas de carencia afectiva de parte de la madre, quien los ha “preparado” para que sean eternas compañías o consuelo de su existencia, para que no puedan vivir sin sus atenciones.

Estas madres suelen ser sobreprotectoras y no les permiten resolver los problemas de la vida; siempre están atentas a las dificultades de los hijos para resolverlas ellas. En muchas oportunidades son ellas mismas las que estimulan el sentimiento de que ellos no pueden o de que, a partir de los esfuerzos de la abnegada madre, les toca retribuirle con creces el favor. Así, se va gestando un nuevo cordón, entre juegos de satisfacción irrestricta, de exagerado “consentimiento” y de la generación de una creencia ampulosa y omnipresente: sin la madre no pueden existir. Casos hay donde el mensaje terrible es que si la abandonan ella morirá. Serán, por tanto, culpables de que esto ocurra y caerá sobre ellos el castigo.

Algunos dedican la vida a defenderse de la presencia del bendito cordón. Se vuelven incapaces de desarrollar una relación emocional de compromiso. Sean hombres o mujeres, ven en la posible pareja el riesgo de desarrollar esa temible condición. Se convierten en ufanos autosuficientes para quienes ninguna pareja califica. Como opción, algunos se relacionan con personas extremadamente dependientes o inseguras a quienes dominan e incluso desprecian o maltratan, llegando a hacer “cualquier cosa”, con tal de no sentir que las necesitan. Su problema suele surgir cuando los dejan. No he visto personas más “derrumbadas” que éstas luego de que se les desmorona el sistema.

En suma, si nos encontramos en el rango de una dependencia demasiado grande en nuestra relación con la familia o con nuestras parejas y/o si somos llamativamente “independientes”, al punto de no poder establecer vínculos de compromiso, es tiempo de revisar qué patrones hemos incorporado en nuestra mente. Es momento de enterarnos de que hay un tema por resolver para alcanzar un punto equilibrado de desarrollo en la relación con los demás y, en especial, con uno mismo.

Nacimos para vivir en relación pero, cuando la relación es umbilicada, el otro no llega a ser otro; tampoco nosotros estamos siendo lo que podríamos ser. No somos libres de sostener el afecto de manera regulada, con posibilidades de lograr la plenitud de nuestros potenciales y favorecer el desarrollo de nuestras parejas… hijos, etc.







2012/02/16 Los amantes del riesgo

Consultado sobre estos personajes, que se dicen adictos a la adrenalina, estuve pensando en que, de alguna manera, en eso andamos casi todos, en una sociedad que exige una adaptación a una constante “performance” marcada por la competencia en la que “el que pestañea pierde”.

Toda una generación de yuppies acelerados, jovencísimos ejecutivos que se palmean el ego desde sus respectivos autos último modelo o desde niveles de riqueza obtenidos en base al arrojo ejecutivo, cuando no con falta de escrúpulos para eliminar a sus competidores.

Pero están los otros, los que se ponen en constante riesgo, los que ya tienen un lugar en las pruebas extremas de los deportes o de la naturaleza misma de su profesión. Conocemos el caso del personaje de la televisión, muerto relativamente hace poco, atravesado por una raya. Por cierto, él no es el único. En los programas de televisión se muestran muchos otros personajes que evidentemente ponen en riesgo sus vidas o su integridad. Esto forma parte de la estructura de consumo, en donde, muchas veces tenemos espectáculos que nos recuerdan el antiguo y cruel circo romano.

Mirando un poco a los protagonistas, ahora “voluntarios” (nuevos mártires de la sociedad de consumo), podemos encontrar en ellos diferentes motivaciones.

En algunos, es ese extremo exhibicionismo, esa necesidad de llamar la atención, al causar un gran impacto al ponerse en riesgo de muerte. Quizás encontremos en ellos infancias difíciles y huellas en las que el sentimiento de desamparo alguna vez los hizo sentir que su vida valía muy poco. Pasaron ya por situaciones de muerte, por lo menos psicológica, que ahora se esmeran en repetir una y otra vez, como erigiéndose en vencedores.

En otros, aquellos que ponen aún en mayor riesgo su vida, por ejemplo, los que son capaces de jugar a la ruleta rusa, es posible que prevalezca el anhelo de muerte, de destruirse. Quizás las huellas de un designio melancólico y destructivo los lleven a plasmar lo que sintieron que les era deseado por sus padres.

Hay descabellados que, imbuidos de fantasías omnipotentes, enfrentan el peligro negando los riesgos de muerte. Es lo que suele ocurrir con los adolescentes que intentan erigirse en líderes de sus grupos o, por lo menos, impactarlos con su arrojo. Algunos, prudentes, se tiran de los puentes amarrados a sogas; otros, prefieren pruebas más arriesgadas.

En los casos de una verdadera adicción, las personas no pueden dejar de ponerse en riesgo y se embarcan una y otra vez en situaciones que los exponen.

Desgraciadamente, algunos pacientes bipolares entran en este tipo de manifestaciones, desafiando lo prudente en cualquier circunstancia, no siendo detectados a tiempo por su entorno cercano, en el sentido de su necesidad de tratamiento. En realidad, todos los anteriores, también, necesitarían tratamiento si es que alguna regulación necesitan para manejar el riesgo en que se involucran.

Los juegos un poco menos peligrosos, en este orden de cosas, son los de aquellas personas que andan cometiendo pecados “menores” burlando la ley. En el fondo, buscando la sanción, la que a la larga llega. Algunos casos van desde reiterar infidelidades, que ponen en riesgo una relación que valoran, hasta situaciones en las que robar cosas sin valor se vuelve una “afición”, un “shopping especial”.

Hay de todo detrás de estas conductas: conflictos con el ideal de sí mismos, con el narcisismo, con el súper yo. Vemos desde desórdenes de la personalidad que integran todo lo anterior, hasta banalidades divertidas en las que el juego tiene cabida, en donde la historia tiene un final feliz. Son las situaciones en las que la aventura permite explorar y se resuelven retos accesibles.

De hecho, hay personas que nacen con un temperamento especial, que tienen el ímpetu de batir “récords” y competir. Los vemos seguramente cumpliendo sus metas, pero preparándose adecuadamente para lograrlo y satisfechos por sus logros.

2012/02/03 Los hijos de padres machistas

Hace poco comentaba al respecto en un programa radial y, como siempre, me quedaron algunas ideas sin decir, así como, también, ocurrencias y observaciones que surgieron del programa mismo.

Uno pensaría que de padres machistas salen indefectiblemente hijos machistas. Pues no; es más bien frecuente que los hijos de estos padres estén impactados por las escenas de violencia a las que sus padres sometieron tanto a la madre como a ellos mismos.

Unos pocos repiten la pauta de manera desenfadada. Los más crecen con inseguridad en sí mismos y respecto a su rol frente a la mujer. Es más, muchos invierten la situación y terminan teniendo vínculos de sometimiento con sus mujeres. He visto maridos maltratados hasta la humillación por sus esposas, totalmente apocados a su lado, dramatizando una dependencia total. A ellos los tipifica aquella chanza de que siempre tienen la palabra final: “Sí, querida”.

Un primer nivel de motivaciones proviene del terror al padre. Otro, no menos importante, proviene de la actitud de la madre. Muchas veces el niño se promete proteger a la madre, víctima del padre, derivando, en la adultez a formas de apego infantil que para muchos lucen como un idilio ideal; pero, en estos casos, la mujer deviene, más que en esposa, en una sacrificada madre. Teniendo que hacerse cargo de un hijo más (su marido), casi siempre caprichoso y demandante de atenciones, indirectamente agresivo, esgrimiendo reclamos sostenidos desde su supuesto amor no correspondido por su mujer–madre. No es difícil observar lo infantiles que son sus reclamos.

Otras madres idealizan al marido-padre, que no aparece como un sujeto violento, pero sí dominante y controlador, al que la madre se somete con idolatría. Es la máxima autoridad y, hasta cierto punto, los hijos ocupan un lugar secundario. Ella está preocupada permanentemente de que él no la vaya a dejar de querer. Somete a los hijos a esta autoridad y contribuye a sostener una distancia de los hijos con el padre, que es permanentemente intermediada por ella. Siendo así, a la vez acapara la autoridad respecto a los hijos, entre los cuales suele tener algún elegido. No es infrecuente que algún otro también sea elegido, pero para cargar con todas las críticas y maltratos provenientes de su condena. El preferido de la madre en estos casos suele ser además “consentido”, no tiene límites y adicionalmente puede llegar a ser también consentido del padre, especialmente en sus actitudes transgresivas y prepotentes.

Estos padres, ya en general, no toleran las expresiones débiles propias de la infancia y se muestran hostiles y maltratan a sus pequeños que se muestran así. De allí proviene la frase de que “los machos no lloran”. Por el contrario, con los hijos “recios”, agresivos y hasta prepotentes, se muestran complacientes. Los defienden y no los corrigen, cultivándolos en la disciplina de “ser machos”.

Sus castigos, por violentos, dejan huellas traumáticas en sus hijos. Éstos, eventualmente, repiten esta conducta frente a sus mujeres o a sus propios hijos.

Muchos hacen esfuerzos por no ser como sus padres machistas. Usan, entonces, formas reactivas y se muestran responsables y hasta cariñosos, pero su eje sigue siendo el “no ser como su padre”, lo que, a la larga, no termina de resolver las huellas de origen. No son simplemente ellos mismos en interacción natural con sus hijos, motivo por el cual, casi siempre, se escapa alguna forma de tensión agresiva en la relación con la esposa o con los hijos.

Otra de las consecuencias que pueden encontrarse en los hijos de un padre machista agresivo es la derivación hacia la homosexualidad. Al escribirlo, recuerdo un caso en el que era posible deducir una suerte de placer sado masoquista en cada acto sexual. De manera ritual y estruendosa, este hombre rebajaba su condición sexual masculina, tan apreciada por el padre. Una rabia muy honda hacia su padre nunca abandonó el alma de esta torturada persona.

Otro tema es el de las hijas, casi siempre “apreciadas” desde el sentimiento de total dominio que sobre ellas impone el padre. Los padres machistas suelen imponer una restricción hacia la sexualidad de sus hijas, con maltrato a los posibles candidatos a ocupar su lugar, con quienes rivalizan hostilmente. Una paradoja frecuente es que las hijas optan por relaciones clandestinas y no es infrecuente que liguen un matrimonio-fuga, para tomar distancia del padre… para terminar cayendo en una relación similar a la que se suponía querían dejar atrás. En ellas es frecuente observar que se prestan al maltrato con una sumisión resignada, para la que “han tenido preparación”, por lo que muchas veces llegan a encontrarlo como natural y hasta son reforzadas por su propia madre en el sentido de aceptar las agresiones.

Una cultura del machismo y del maltrato está aun en vías de reformularse y son los hijos -la cadena de transmisión- los que necesitan ayuda para poder observar en sí mismos las consecuencias del trauma que significó esta figura del padre machista y que ha marcado su vida de tan diferentes maneras.